miércoles, 21 de junio de 2017

Viajes. Las Palmas de Gran Canaria, un paseo con Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós llegó por primera vez a Madrid en tren desde Ciudad Real en 1863. Tenía 19 años y había dejado su Canarias natal con la intención de estudiar derecho. Pero al poco, el joven aspirante a universitario descubrió que le faltaba vocación para seguir con sus estudios: prefería callejear día y noche por el Madrid fascinante de la época y tomar notas de todo lo que veía. Lo hizo con tanto empeño que convirtió la ciudad en un personaje más de sus novelas realistas.

Cuando pensamos en Galdós pensamos en Madrid, del mismo modo que ocurre con Londres y Dickens, París y Balzac o Lisboa y Pessoa. Pero antes del Madrid galdosiano está Las Palmas de Gran Canaria como su patria chica. Ahora, una ruta turística autoguiada muestra los escenarios de la ciudad vinculados a la infancia y juventud de Benito Pérez Galdós.

Todo el mundo lo sabe, de Las Palmas

Incluso años después de su llegada a Madrid, ya un anciano al que le quedaba el gabán grande, ciego y autor de una abundante bibliografía, Galdós se encargó de dejar muy claro su lugar de procedencia. De hecho, cerca de su Casa-Museo, en Calle Cano, nº 6, se puede leer en bronce, para que nadie lo vuelva a olvidar, lo que respondió cuando le preguntaron que de dónde era: “¿Que de dónde soy? Hombre, si eso todo el mundo lo sabe: de Las Palmas”.

"Vine a Madrid el 63 y estudié la carrera de leyes de mala gana; allá, en el Instituto, fui bastante aprovechado; aquí todo lo contrario" (Galdós)

Para visitar la Casa-Museo de Galdós hay que llegar al barrio de Vegueta, en el centro histórico de Las Palmas de Gran Canaria. Es difícil imaginar aquella otra ciudad de cuando nació el autor, la de 1843. Una ciudad con solo dos barrios, Triana y Vegueta, dentro de las murallas, sin luz eléctrica, en letargo. Nada que ver con la de hoy, cosmopolita, abierta y amable. Tal vez los perros de bronce de la Plaza de Santa Ana, sean los únicos que guarden memoria de aquellos otros tiempos. La Catedral preside la plaza que es el epicentro del barrio histórico. Paseando por esta parte de la ciudad, en la que abundan las casas coloniales, comenzaremos a entender el vínculo entre Las Palmas y Galdós.

La ruta de Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria

La nueva propuesta amplía la oferta de rutas culturales para conocer Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad literaria que se pasea y se lee. Partiendo de los barrios de Vegueta y Triana, se descubren enclaves importantes en la vida de Galdós, como la Iglesia de San Francisco, donde el autor fue bautizado, o el Gabinete Literario del S. XIX donde comenzó a instruirse en el arte. La Catedral de Canarias, la Catedral Basílica de Santa Ana, es el monumento más importante de la arquitectura de las islas e inspiró al joven autor para crear el personaje romántico de su cuento “Necrología de un Prototipo”. Atravesando la plaza de Santa Ana, llegamos a las Casas Consistoriales, donde en su emblemático Salón Dorado podemos contemplar un busto de Galdós. En este edificio, en 1912, se aprobó proponer al autor como posible Premio Nobel de Literatura. Aunque, como tantos otros maestros, no logró la distinción por motivos más sociales que de calidad literaria.

El Museo Canario, donde se expone el mobiliario de la habitación donde murió el escritor, el Palacio de Justicia de Canarias, el Convento de San Agustín, el actual Teatro Pérez Galdós, o la Calle Mayor de Triana, el espacio favorito del autor para sus juegos infantiles, son otros de los lugares emblemáticos que se pueden visitar para conocer el vínculo entre Galdós y Las Palmas de Gran Canaria.

Y es que Gran Canaria no es solo la suma de sus playas y paisajes: es mucho más, también, la suma de su memoria cultural. De ella forma parte, sin duda, Benito Pérez Galdós.



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Viajes. 4 mercados de México para disfrutar con los cinco sentidos

Uno de los tesoros más preciados del mar Caribe se halla en la península mexicana de Yucatán. Las playas de agua turquesa y arena blanca donde las palmeras llegan casi hasta la misma orilla hacen las delicias de los viajeros que se acercan hasta este enclave paradisiaco decididos a conocer la región donde se desarrolló la cultura milenaria de los mayas. Numerosas rutas y enclaves permiten descubrir los vestigios que aún conservan estas tierras caribeñas y embellecen todavía más si cabe la zona.

Tanto si se llega desde Ciudad de México como si se vuela directamente a Cancún, ésta y Mérida son las bases perfectas para realizar excursiones hacia los tesoros mayas que se esconden entre la frondosa mata de la selva yucateca. Pero además, estas dos ciudades ofrecen la posibilidad de conocer la idiosincrasia de los habitantes actuales de esta zona. Acercarse a sus costumbres, a la deliciosa gastronomía, la artesanía y disfrutar de su hospitalidad es posible visitando alguno de los mercados. En la galería de imágenes te mostramos los más representativos.



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martes, 20 de junio de 2017

Viajes. Cómo se criaba a los niños en la antigua Grecia

Los griegos de la Antigüedad se preocupaban por los niños desde el mismo momento en que la futura madre sabía o sospechaba que estaba embarazada. Para que el parto no tuviese problemas, el filósofo Platón recomendaba a las gestantes hacer ejercicio, mientras que su discípulo Aristóteles las animaba a alimentarse de manera adecuada. Llegado el momento del nacimiento, la costumbre griega prescribía que únicamente otras mujeres acompañasen a la parturienta.

Platón recomendaba a las gestantes hacer ejercicio, mientras que su discípulo Aristóteles las animaba a alimentarse de manera adecuada

En una comedia de Aristófanes titulada Asambleístas, la protagonista, Praxágora, justifica a su marido su ausencia en una determinada ocasión debido a que estaba ayudando a una amiga durante su parto. Era excepcional que un hombre –ni siquiera el esposo– estuviese presente en ese momento. En cuanto al lugar donde se daba a luz, el más adecuado era el gineceo o zona de la casa reservada a las mujeres, ya que solía ser la más resguardada y servía para mantener la privacidad del momento.

A los cinco días del parto se celebraban las Anfidromias, una fiesta familiar en la que el padre corría alrededor del fuego doméstico con su hijo en brazos, mostrándolo a sus parientes. Era entonces cuando le daba el nombre, que generalmente era el mismo que el del abuelo. Las familias más acomodadas organizaban unos días después una celebración más solemne, que incluía un banquete y un sacrificio.



Más tarde aún, en Atenas y en otras comunidades jónicas, tenía lugar la presentación en sociedad del recién nacido con motivo del festival de las Apaturias, que se celebraba anualmente hacia octubre o noviembre. Todos los ciudadanos varones se reunían en unas asociaciones hereditarias llamadas fratrías y, durante el tercer día de las Apaturias, los varones que habían nacido durante el último año eran registrados de forma oficial en presencia de los miembros de la fratría. No se sabe con certeza si las niñas eran igualmente registradas.

El ideal del hijo único

En la tradicional sociedad griega se valoraba más tener un hijo que una hija; el varón estaba mejor considerado porque se pensaba que podría ayudar a la economía familiar de forma más decisiva que una chica. Asimismo, en el mundo griego eran especialmente apreciados –se les consideraba un regalo divino– los hijos únicos, los primogénitos o los que nacían de padres mayores, puesto que estos últimos podrían estar atendidos por un familiar directo durante sus años de vejez.

El varón estaba mejor considerado porque se pensaba que podría ayudar a la economía familiar de forma más decisiva que una chica

En Atenas, hasta los seis años de edad niños y niñas pasaban la mayor parte del tiempo dentro del gineceo, en compañía de las mujeres de la casa. Platón dedicó cierta atención a escribir sobre los juegos infantiles, ya que pensaba que tenían una gran importancia para moldear la personalidad y el desarrollo del talento individual. Recomendó, por ejemplo, que un niño que en el futuro tuviese que ser campesino o albañil practicase con juguetes relacionados con su actividad como adulto. Por su parte, Aristóteles recomendaba que los niños que todavía estaban con las mujeres en el gineceo no recibiesen ninguna enseñanza ni realizasen esfuerzos físicos; en lugar de eso, había que animarlos a que sus juegos "imitasen las actividades serias de la vida futura". Sin embargo, esta estricta educación moral no era la regla.

Los niños griegos se entretenían con los típicos juegos infantiles, como el de "la gallinita ciega", que los griegos llamaban "la mosca de bronce". En él, el niño que tenía los ojos tapados había de atrapar a sus compañeros al tiempo que decía: "Voy a cazar una mosca de bronce". Los amiguitos lo rodeaban dándole manotazos y gritando: "Vas a cazar, pero no pillarás nada".

La autoridad del padre

Las madres desarrollaban una relación muy estrecha con sus hijos, pues eran ellos los que justificaban su papel en la comunidad familiar. Eso no significa que pecaran de "sobreprotectoras". En el caso de Esparta, las madres presionaban a sus hijos a que cumplieran sus deberes militares hasta la muerte; "[vuelve] con él o encima de él", les decían al entregarles el escudo antes de partir hacia el combate; quizá por eso las nodrizas espartanas eran muy apreciadas en toda Grecia.

Plutarco señaló que el pedagogo ideal tenía que ser serio, digno de confianza, griego y sin defectos físicos

En cambio, la relación con el padre era más distante. No es casual que éste llamara al hijo pais, el mismo término que se utilizaba para los esclavos, reflejo de la autoridad absoluta que el padre de familia ejercía sobre su heredero; las mujeres, en cambio, llamaban a sus hijos teknon, "criatura". Con el tiempo, sin embargo, la disciplina paterna se hizo bastante laxa. Por ejemplo, hacia 420 a.C., en la comedia Las nubes, de Aristófanes, se presentaba a un anciano llamado Estrepsíades que se quejaba de que su mujer lo estaba arruinando por permitir que el hijo de ambos comprase caballos extremadamente caros.

Por otra parte, a partir de los seis o siete años los niños empezaban a ir a la escuela y quedaban entonces bajo la autoridad de un tutor o "pedagogo", aunque hubo escritores, como Jenofonte y Plutarco, que recomendaron que se contratase a estos pedagogos tan pronto como finalizase la lactancia y el pequeño comprendiese el habla. El pedagogo acompañaba al niño a la escuela, pero a menudo también ayudaba en la formación del pequeño. Plutarco señaló que el pedagogo ideal tenía que ser serio, digno de confianza, griego y sin defectos físicos, pues decía que "si vives con un lisiado, aprendes a cojear".

Niños divinizados

Es destacable el papel que los niños tuvieron en la religión griega, sin duda porque simbolizaban la pureza y este valor era fundamental para entrar al servicio de un templo. Los coros infantiles fueron un elemento fundamental dentro de las celebraciones religiosas; diez coros de cincuenta niños cada uno competían en las representaciones de coros ditirámbicos en el festival ateniense de las Dionisias urbanas.

En ciertos cultos los niños llegaron a servir como celebrantes; sabemos que tanto en Patras como en Egira, la sacerdotisa de Artemisa debía ser una doncella por debajo de la edad de contraer matrimonio, y en Egio, en el Peloponeso, el sacerdote de Zeus era elegido, en origen, entre los niños que habían ganado un concurso de belleza. Junto a la pureza y a la belleza, el hecho de ser niño solía conllevar otro beneficio ritual dentro de la religión griega: no estar contaminado con la cercanía de la muerte. Por ese motivo, los niños que cortaban las ramas de los olivos sagrados con que se confeccionaban las coronas de los vencedores olímpicos eran amphithaleis, es decir, aquellos cuyos padres no habían fallecido y mantenían, por tanto, el favor divino.

Su madre, movida por las visiones que había tenido en sueños, lo entregó a los generales eleos para que lo pusieran a la cabeza de su ejército

Algunos niños fallecidos en tierna edad fueron venerados en calidad de héroes, seres intermedios entre los dioses y los mortales. Como tales, se les atribuían grandes poderes, quizá porque habían fallecido mucho antes de la edad natural y habían adquirido así un carácter vengativo, como demuestran las tablillas de execración en las que eran invocados. Pausanias narró la historia de Sosípolis, un héroe-bebé que ayudó a los eleos cuando fueron atacados por los arcadios, pues su madre, movida por las visiones que había tenido en sueños, lo entregó a los generales eleos para que lo pusieran a la cabeza de su ejército. Cuando se acercaron los arcadios, Sosípolis se convirtió en serpiente y los puso en fuga.

Para saber más

Así vivieron en la antigua Grecia. R. López Melero. Anaya, Madrid, 2009.
"La educación en Grecia". Historia National Geographic, nº 64.



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lunes, 19 de junio de 2017

Viajes. Delfos, el oráculo del dios Apolo

«Layo, suplicas una próspera descendencia. Te daré el hijo que deseas, pero está decretado que dejes la vida a sus manos». Así profetizó el oráculo de Delfos al padre de Edipo; el oráculo también advirtió a Edipo de que mataría a su padre y se casaría con su propia madre. Fueron vanos los intentos de padre e hijo por evitar que tales predicciones se cumplieran: Edipo mató a un hombre y se casó con su viuda, sin saber que se trataba de sus progenitores; al conocer lo que había hecho, se sacó los ojos. Pero no todos los oráculos de Delfos fueron tan tremendos. Aparte de los ejemplos míticos o legendarios, de las más de quinientas preguntas y respuestas délficas conservadas sólo se consideran históricas unas cincuenta y cinco, y la mayoría responden a cuestiones políticas, bélicas o religiosas por las que se interesaron las ciudades.

En Delfos, lugar que los griegos consideraban el ombligo de la tierra, existía un templo del dios Apolo ya en el siglo VIII a.C., y desde entonces se estableció una red de peregrinaje que unía toda Grecia con ese lugar. Lo habitual era que las ciudades o polis enviasen delegaciones sagradas (theoría) que debían transmitir al oráculo preguntas sobre los asuntos públicos. Junto a los comisionados oficiales viajaban consultantes privados, cuyas preguntas debían de diferir, lógicamente, de las que formulaba la ciudad: seguramente se referían a la conveniencia de un matrimonio, a los hijos, a los riesgos de negocios y viajes.

El hecho de acompañar a las embajadas permitía a estos consultantes particulares disfrutar de cierta seguridad, ya que la delegación al completo estaba bajo protección divina y era inviolable. Ello resultaba muy conveniente cuando se tenía que realizar un viaje siempre difícil y peligroso, a veces muy largo, expuesto a ataques y al pillaje. Las delegaciones se mandaban coincidiendo con los momentos propicios para la adivinación, que en su origen se limitaban al séptimo día del mes de bysios (a mediados del invierno), en el aniversario del nacimiento de Apolo; posteriormente se ampliaron al día siete de cada mes.

Delfos era considerado por los Griegos el obligo de la Tierra

Además, las ciudades podían mandar delegaciones regularmente, con el beneplácito del santuario; los atenienses, por ejemplo, enviaban las llamadas pytháis a Delfos si se veía un rayo en determinado lugar. El santuario también estaba abierto a preguntas durante las celebraciones de festivales como los de Carila o de Septerion, cada ocho años.

Aunque al santuario acudía multitud de peregrinos en busca de alguna orientación sobre decisiones que debían tomar, la función esencial del oráculo no era predecir el futuro, sino proveer de sanción divina a las decisiones políticas de las ciudades: ratificaba leyes e incluso constituciones, aprobaba la fundación de nuevas ciudades y de colonias, aconsejaba empresas bélicas o las censuraba. Aunque Delfos no intervenía directamente en la política de las ciudades, sus oráculos podían ser usados como arma política en caso necesario.

La llegada al santuario

Cuando los peregrinos llegaban al pie del monte Parnaso, donde estaban la ciudad de Delfos y el recinto de Apolo, los recibía el próxenos, el embajador que cada polis tenía en el santuario y que atendía por igual a embajadores y a ciudadanos particulares. Hay que suponer que los días en que el recinto estaba abierto a consultas debía de concentrarse allí mucha gente, y que las colas para entrar eran constantes. Pero no todos tenían que esperar: ciudades como Atenas o Esparta disfrutaban del privilegio de la promanteia, la prioridad de consulta, de la que se beneficiaban tanto sus emisarios como los ciudadanos privados que los acompañaban.

Aunque Delfos no intervenía directamente en la política de las ciudades, sus oráculos podían ser usados como arma política en caso necesario

Lo primero que encontraban los viajeros, a un kilómetro y medio del recinto, era la zona conocida como Marmaria por los mármoles de los edificios allí construidos, entre ellos el templo circular de Atenea Pronaia. Luego los peregrinos pasaban por la fuente Castalia, que brotaba entre las dos piedras Fedríades («brillantes»), y se purificaban con sus aguas. Acto seguido entraban en procesión por la vía Sacra, ya en el interior del santuario propiamente dicho.

Esta calzada ascendía por una pronunciada pendiente y estaba flanqueada por los tesoros de las más prominentes ciudades: Sición, Sifnos, Cnido, Tebas, Atenas, Corinto, Massalia. Los tesoros eran pequeños templos o capillas en los que se conservaban los exvotos y donaciones que los ciudadanos de una polis entregaban al santuario. Después la vía llegaba al templo de Apolo, más arriba del cual se encontraban la palestra, el gimnasio, el estadio y el teatro. Este edificio, con capacidad para unos 5.000 espectadores, acogía los certámenes artísticos de los juegos píticos, que se celebraban en honor de Apolo e incluían competiciones atléticas y celebraciones religiosas.

La consulta al oráculo

Frente al templo estaba el altar para los sacrificios. Las consultas al oráculo se «pagaban» en forma de sacrificio o de pastel: el propio templo vendía los animales que debían sacrificarse y las tartas sagradas (pélanos). Aunque no se conocen las tarifas, es de suponer que el precio mínimo por la ofrenda sería asequible para un ciudadano medio. Sin embargo, los más pudientes solían ofrecer, además de un sacrificio, presentes como estatuas, trípodes y otros exvotos. Lógicamente, las tasas en forma de sacrificios o tartas que había que comprar para acceder al oráculo debían de ser mucho más elevadas para las consultas cívicas que para las privadas.

En el interior del templo se encontraba la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba Apolo

Poco sabemos de la organización en el interior del templo. Allí se encontraban la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba Apolo, y el cuerpo de sacerdotes que la atendía y que se repartía las diferentes tareas. Aunque no se conocen con certeza las atribuciones de cada grupo, se cree que los hieréis se encargarían de los sacrificios; los prophetai se ocuparían de ayudar a la pitia e interpretar sus palabras, y los hósioi se cuidarían del culto.

El peregrino entraba en el templo a través del chresmographeion, donde se guardaba el archivo del santuario con la lista de consultantes, sus preguntas y respuestas, así como la lista de vencedores en los juegos píticos; probablemente allí formulaba su pregunta. Según la tradición, en la parte más recóndita del templo de Apolo había un lugar subterráneo, el ádyton, al que la pitia descendía, con una corona y un bastón de laurel, cuando le llegaba el momento de entrar en éxtasis y comunicarse con la divinidad.

Se cuenta que ahí masticaba laurel, bebía agua de la fuente Casotis y se sentaba en un gran trípode situado sobre una grieta natural del suelo de la que salían vapores. Al inhalarlos, la sacerdotisa entraba en un frenesí o delirio gracias al cual pronunciaba las palabras, quizás incomprensibles, que los sacerdotes del templo escuchaban y escribían, y que luego se entregaban al consultante. Pero el ritual de la consulta tal como se ha descrito aquí presenta un problema: es tardío y se trata más bien de una elaboración esotérica de la realidad. Los relatos de diferentes historiadores griegos ofrecen una imagen muy distinta de cómo se desarrollaba.

¿Cuál era la verdad?

Plutarco, que además de historiador y biógrafo fue sacerdote de Apolo en Delfos, no sólo ignora el procedimiento descrito, sino que su narración es incompatible con el mismo. Este autor, que vivió a caballo de los siglos I y II d.C., explica que el ádyton estaba abierto a los consultantes y no era una habitación secreta; y no dice nada sobre el frenesí o trance de la pitia, ni sobre lo incoherente de sus palabras. Sólo en una ocasión refiere que la sacerdotisa se retira a un lugar subterráneo, pero ello sucede en un momento en el que se siente indispuesta y no logra profetizar, cosa que la lleva a la locura.

Por su parte, el historiador Heródoto, que vivió en el siglo V a.C., relata la entrada del dirigente espartano Licurgo en el recinto de la sacerdotisa y afirma que ella le habla directamente, sin esperar siquiera a su pregunta y, de hecho, le dicta la constitución espartana. También Jenofonte parece tener una relación directa con la pitia cuando, a finales del siglo V a.C., le pregunta a qué dioses debe encomendarse para tener éxito en el viaje que luego narrará en su Anábasis, el épico itinerario de un ejército de mercenarios griegos a través del Imperio persa.

Es más, algunos ejemplos de consultas históricas que conservamos presuponen no sólo que la pitia estaba presente ante los consultantes, sino que se dirigía directamente a ellos, como cuando los atenienses le solicitaron que escogiera los nombres de las diez tribus de su ciudad, o cuando los tesalios le pidieron que eligiera a un rey. Al parecer, en ambos casos se ofreció a la sacerdotisa una urna con distintos nombres para que ella eligiese. En definitiva, lo que ocurría dentro del templo y la manera en que actuaba la profetisa constituye un misterio. En cuanto al origen de su inspiración, se ha intentado explicar por el uso de sustancias psicoactivas que podían estar presentes en el agua o el laurel, o por algún vapor que actuara sobre su conducta (parece que está confirmada la existencia de etileno en el subsuelo de Delfos). Incluso hay quien afirma que pudo recurrir al hipnotismo o algún tipo de sugestión.

La decadencia

Después de la consulta, el peregrino regresaba al chresmographeion, donde los prophetai le entregaban por escrito un informe oficial y la respuesta del oráculo interpretada y formulada solemnemente, a menudo en verso. Tras esto emprendía el viaje de regreso a casa, tan peligroso como el itinerario de ida. De hecho, la gran cantidad de problemas y obstáculos a los que se enfrentaron los peregrinos entre el estallido de la guerra del Peloponeso (431 a.C.) y el advenimiento de Alejandro Magno contribuyó a la pérdida de importancia del oráculo y al desuso de las rutas de peregrinaje.

Durante la guerra, por ejemplo, los atenienses se acostumbraron a visitar el oráculo de Dodona porque Delfos había caído en manos espartanas. El prestigio de Delfos comenzó su declive tras la muerte de Alejandro, en 323 a.C., aunque continuó siendo un centro de atracción durante la época helenística y el período romano. Por fin, en 391 d.C., el emperador romano Teodosio decretó el cierre de todos los oráculos y la prohibición de la adivinación de cualquier tipo. El cristianismo había silenciado la voz de los antiguos dioses.

Para saber más

Oráculos griegos. David Hernández de la Fuente. Alianza, 2008.

Obras morales y de costumbres VI. Plutarco. Madrid, Gredos, 1995.



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Viajes. La retirada de los Diez Mil: el épico viaje de los griegos liderados por Jenofonte

El 3 de septiembre del año 401 a.C., los griegos obtuvieron una de las más señaladas victorias de toda su historia. En Cunaxa, en plena Mesopotamia, un lugar situado a escasa distancia de Babilonia, unos diez mil soldados hoplitas combatieron, aliados con las fuerzas del príncipe persa Ciro el Joven, contra la enorme masa del ejército de Artajerjes II, el Gran Rey de Persia. Ante la durísima crisis económica en la que se hallaba sumida Grecia, los griegos habían buscado en la expedición un medio para ganarse la vida, tentados por las promesas que les había hecho el príncipe, que aspiraba a desbancar del trono a su hermano Artajerjes. Por ello, cuando el Gran Rey lanzó su ataque definitivo contra ellos, entonaron el peán, el cántico de guerra en honor a Apolo, y respondieron con fiereza. Los persas emprendieron la huida y los griegos quedaron dueños del campo.

Pero al día siguiente, los combatientes helenos descubrieron que, antes de aquel lance final de la batalla, Ciro había sido abatido cuando se arrojó temerariamente contra el Gran Rey y su guardia acorazada. Así pues, la victoria final de los griegos no había servido para nada. Peor aún: su situación era de lo más comprometida, pues se encontraban abandonados en tierra hostil, a miles de kilómetros de sus hogares, sin víveres y a expensas del ánimo vengativo de Artajerjes y de sus decenas de miles de guerreros. Unos días después acordaron una tregua con el rey persa, que seguía temiendo su fuerza y que les prometió provisiones y seguridad en su camino de regreso. Pero poco después, Tisafernes, el ministro de confianza del Gran Rey, tendió una trampa a los jefes griegos. Tras invitarlos a un banquete, hizo detener a cinco de los generales griegos y a un nutrido grupo de capitanes y los hizo pasar a cuchillo.

Los griegos quedaron, así, descabezados, embargados por el desánimo y la tristeza, sin saber qué hacer a continuación.

Los griegos quedaron, así, descabezados, embargados por el desánimo y la tristeza, sin saber qué hacer a continuación. Los contingentes del ejército ni siquiera se juntaban, sino que cada uno acampaba en cualquier lugar, sin preocuparse del resto. Los soldados se echaban a dormir cada uno por su lado, dispuestos a dejar pasar los días y las noches hasta que los persas los atacaran y acabaran con ellos. Perdida toda disciplina, los hombres vagaban, desconcertados, sin pensar en el modo de encarar la adversidad.

La revelación de un nuevo líder

Fue entonces cuando de entre ellos surgió una voz. El joven ateniense Jenofonte, un aventurero que había marchado con Ciro y los Diez Mil, trató primero de animar a aquellos que más autoridad tenían entre los soldados a fin de convencerles de que debían tomar una decisión. Luego se reunieron todos los soldados en una asamblea y Jenofonte les expuso la situación con claridad. No podían entregar las armas al Gran Rey, como éste les exigía, pues eran ellos quienes habían vencido en la batalla; de hecho, Artajerjes no les atacaba porque sabía que eran militarmente superiores. Por tanto, sólo les quedaba la opción de buscar por cualquier medio un camino de vuelta a casa. También les recordó el crimen cometido por los persas contra la hospitalidad y los juramentos al asesinar a sus generales; por ello, los dioses estarían con ellos y defenderían su causa. Tras exponer su estrategia, Jenofonte preguntó si alguien tenía otra mejor y, como todos callaron, continuó: «El que esté conforme que levante la mano». Todos aprobaron su propuesta. De esta forma, un simple ejército se convirtió en una auténtica comunidad en movimiento, en la que cada miembro participaba en la toma de decisiones; los soldados no servían a Jenofonte ni a otro, sino a sí mismos, teniendo como objetivo la salvación común.

Sin embargo, las dificultades a las que se enfrentaban eran enormes. La principal era la necesidad de hacer acopio de alimentos; aunque existían en el camino aldeas y ciudades donde podrían encontrar sustento, los griegos temían que éstas estuviesen ya en manos del enemigo, quien buscaría dificultarles la huida por todos los medios. Al fin y al cabo, ¿qué prestigio podría quedarle al más poderoso señor del mundo civilizado, como era el Gran Rey, si un puñado de hombres armados podía pasearse impunemente por su reino, tomando sus aldeas y saqueando los campos de su propiedad?

Con el enemigo en los talones

Al emprender la marcha, los griegos organizaron sus fuerzas en formaciones cuadradas, de modo que la impedimenta, los bagajes y los carros quedasen resguardados en el centro de la formación. Jenofonte, por su parte, se hizo cargo de la retaguardia, que debía cubrir cualquier ataque persa. Al no contar con fuerzas de caballería, los helenos temían quedar en inferioridad de condiciones frente a los magníficos jinetes persas, pero nuevamente Jenofonte les exhortó a abandonar cualquier temor, pues, decía, nunca en la guerra alguien había muerto de un mordisco o una coz de caballo, y sí por el filo de una lanza griega.

La caballería persa, en efecto, hostigó a la retaguardia griega, a lo que Jenofonte respondió con un contraataque que sus compañeros censuraron por demasiado temerario. Finalmente, los helenos acordaron crear una fuerza de asalto integrada por rodios y cretenses, célebres por su dominio del arco y la honda, con la que frenaron las posteriores incursiones del enemigo contra su zaga. Los griegos se ensañaban con los cadáveres de los persas a los que lograban abatir, desfigurando sus rostros para provocar el pánico y disuadir a los demás de atacarles.

Ante la imposibilidad de cruzar el caudaloso Tigris, los griegos optaron por seguir una áspera y peligrosa ruta por las montañas hacia Armenia. En sus estribaciones vivían los carducos, un pueblo belicoso y hostil, que no dudaron en abandonar en masa sus casas y poblados para presentar batalla a los invasores en los desfiladeros y las colinas, lanzando contra ellos piedras y proyectiles. Para evitar retrasos, los griegos abandonaron entonces a la mayor parte de los esclavos y bestias de carga, a la vez que se servían como guías de prisioneros capturados en escaramuzas o de rehenes apresados en las aldeas. Obligados a avanzar a marchas forzadas, perdieron a menudo muchos hombres en las refriegas por ocupar los pasos de montaña antes que el enemigo. Los amigos de los caídos se dolían de la pérdida, pero seguían adelante, sin dar oportunidad al abatimiento.

Como los carducos les presionaban a cada paso, Jenofonte y los generales reorganizaron el ejército, dividiéndolo en compañías independientes; así ganaban movilidad para tomar las cimas que abrían los pasos de montaña. Llegados al río Centrites, en la frontera con Armenia, que era difícil de vadear, fueron acosados por un gran ejército carduco. Para evitar el ataque mientras cruzaban el río, Jenofonte ideó una curiosa estratagema: mientras parte de los helenos pasaban a la otra orilla, la retaguardia, comandada por él mismo, hizo amagos de ataque en medio de un gran griterío, con lo que logró ahuyentar a los carducos y facilitar a las tropas la travesía del río. Ya en Armenia, los griegos acordaron una tregua con el gobernador persa Tiribazo, aunque la intención de éste era, en realidad, atacarlos en las montañas. Los griegos, desconfiados, advirtieron la treta y atacaron preventivamente, logrando una nueva victoria.

«¡El mar, el mar!»

Ni la lluvia ni la nieve, que hacían mella en sus cuerpos, doblegaban en cambio el espíritu de los griegos. Sin embargo aumentaban los enfermos, a causa de la mala alimentación o por comer plantas tóxicas para combatir el hambre con lo que fuese. Algunos heridos pedían que los degollaran, al no poder continuar, pero Jenofonte enviaba con ellos a los más jóvenes para que, por medio de palabras de ánimo o incluso golpes de bastón, les hiciesen seguir la marcha. Habrían de salvarse todos o ninguno.

Sin detenerse en ningún momento, los griegos continuaron haciendo frente a cada pueblo que quería expulsarlos de sus tierras hasta que finalmente llegaron al pie de una montaña llamada Teques. Al coronar la cima, la avanzadilla empezó a proferir gritos, de suerte que Jenofonte, a la zaga, pensó que se trataba de un ataque inesperado o una trampa. Cuando ya todo el contingente corría para auxiliar a los compañeros advirtieron que los gritos decían: «¡El mar! ¡el mar!». Tenían ante sus ojos el mar Negro, y con él una ruta segura por la costa hasta la ansiada patria. Los griegos se abrazaron, lloraron y erigieron un monumento, un gran túmulo sobre el que colocaron pieles de buey, bastones y escudos de mimbre capturados en la guerra. Conmemoraban, así, su fabulosa huida, pero, sobre todo, a los caídos en el camino.

Para saber más

La retirada de Jenofonte. Robin Waterfield. Gredos, Madrid, 2009.

Anábasis. Jenofonte. Gredos, Madrid, 2010.

El ejército perdido. V. Massimo Manfredi. Grijalbo, Barcelona, 2008.



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Periodismo viajero. CANARIAS?, NO TE PIERDAS ESTOS LUGARES

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Existen siete lugares en las Islas Canarias que, por su encanto y ambiente, no te puedes perder este verano.

TENERIFE: Casco histórico de La Laguna
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el conjunto histórico de La Laguna, de arquitectura colonial, es la primera muestra de centro urbano no fortificado, concebido y construido en el siglo XV según un plano inspirado en la navegación, que era la ciencia de la época. Fue la primera ciudad de las Islas Canarias y ahora es un foco cultural y universitario que nadie que visite Tenerife debe perderse. Sin murallas y con una amplia zona peatonal destinada a uso comercial, la invita a pasear en familia y descubrir sus palacios, iglesias y conventos, comenzando por la catedral de estilo neoclásico.

7 lugares imperdibles para conocer mejor las Islas Canarias

GRAN CANARIA: Cueva Pintada
Además de los casi 60 kilómetros de playas y más de 26.000 hectáreas declaradas Reserva de la Biosfera, en Gran Canaria también es posible caminar por un poblado prehistórico. En el norte de la isla se encuentra el Museo y Parque arqueológico Cueva Pintada, un yacimiento reconocido con el Premio Internacional de la Fundación Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio (CICOP) que conservan los restos de un asentamiento aborigen canario y permite descubrir la historia de la isla. A través de la pasarela que atraviesa los restos arqueológicos se llega a una cueva en la que se conservan extraordinarias pinturas rupestres, ideal para viajeros inquietos que desean conocer las raíces de su destino de vacaciones. Este lugar está abierto al público de martes a domingo y dispone de visitas guiadas y proyecciones para comprender mejor los secretos de este parque arqueológico y su conservación.

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LANZAROTE: El legado de César Manrique
Lanzarote bien parece una isla modelada por un artista. Su pulcritud realza la armonía entre el arte y la naturaleza. El artista multidisciplinar César Manrique, creador universal y pionero del ecologismo, dejó su impronta en el que consideró “el lugar más bello de la tierra”. Gran parte de su obra se encuentra en la isla, como los Jameos del Agua, el Jardín del Cactus o el Mirador del Río, incluida la Fundación César Manrique, que cada año recibe la visita de miles de turistas. Su legado es un atractivo turístico de primera clase que se extiende no solo por Lanzarote, sino por todo el archipiélago. Desde 1993, la isla fue reconocida por la Unesco como Reserva de la Biosfera por su alto valor medioambiental.

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FUERTEVENTURA: Parque Natural Dunas de Corralejo
En el norte de Fuerteventura, junto al gran núcleo turístico de Corralejo, está el mayor campo de dunas de las Islas Canarias, una enorme extensión de arenas finas y blancas bañada por las aguas turquesas del océano Atlántico. El aspecto desértico que tiene esta zona hace difícil creer que al final de las dunas se encuentre una de las playas más paradisíacas de las Islas Canarias. El sector sur es todo lo contrario, de colores ocres y rojos y formas rugosas y dramáticas que recuerdan que se trata de una zona de conos volcánicos. Para visitar el Parque Natural Dunas de Corralejo se recomienda no olvidar una toalla, agua y protección solar (opcionalmente bañador si no se practica nudismo), si bien hay que calzar botas para ascender los 300 metros del volcán Montaña Roja, para retratar con la cámara de fotos las islas vecinas de Lanzarote y La Graciosa despuntando sobre el mar.

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LA PALMA: Bosque de Los Tilos
El interior de la isla de La Palma alberga el resultado de una explosión de biodiversidad y verdor que da apariencia de un lugar encantado, donde las nubes y los árboles se tocan. Una jungla inofensiva y tranquila que alberga uno de los bosques de frondosa laurisilva más importantes de las Islas Canarias, en la que abundan musgos, silencio y olor a hojarasca fresca. El Bosque de Los Tilos tuvo su origen hace varios de miles de años y se mantiene intacto como un primitivo reducto mundial de laurisilva y árboles de hoja ancha que hace millones de años abundaban en el planeta. El lugar es digno de ser visitado, pues fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en 2002, una protección que hoy engloba a toda la isla de La Palma. Merece la pena recorrer el corazón del bosque y ascender unos mil metros hasta llegar a los refrescantes manantiales de Marcos y Cordero.

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LA GOMERA: Miradores de Los Roques
El Parque Nacional de Garajonay puede contemplarse desde las alturas, una perspectiva inusual que es posible desde un conjunto de privilegiados miradores que permite espectaculares vistas a un símbolo de la isla de La Gomera. Se trata de cinco enormes bloques redondeados de roca formados por magma, que nunca salió a la superficie, y que sobresalen del verde techo forestal por la erosión. Este paisaje está incluido por la Unesco dentro de la Reserva de la Biosfera que abarca la isla. El mirador que se encuentra entre los roques de Agando y La Laja ofrece preciosos amaneceres y atardeceres que tiñen de rojo los 180 metros el cercano roque de Agando. La Zarcita, Carmina y Ojila son los nombres de los otros tres roques que vigilan la isla.

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EL HIERRO: El Charco Azul
Es una de las piscinas naturales de agua salada más bellas de todas las que se esconden en el archipiélago. Su intenso color azul turquesa que brilla en el entorno volcánico del majestuoso Valle de El Golfo parece un producto del artista César Manrique, pero es obra de la propia naturaleza. Aunque es un enclave virgen y poco frecuentado, no es complicado acceder a él a pie para disfrutar de un compendio de las múltiples formas que dejó la lava. Dada su belleza, el Charco Azul es uno de los rincones más retratados de la isla.
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Pachinko. Irlanda con niños: Cobh, la última morada del Titanic y la isla de Spike

Fotos de Irlanda, puerto de Cobh

Estarás de acuerdo con nosotros en que las mieles de un viaje saben mucho mejor si se comparten. La compañía marca mucho el relato final de un periplo, de hecho, una misma experiencia puede ser completamente distinta dependiendo de la persona que intervenga en la misma. Aunque nos encanta viajar en familia, hacía tiempo que Teo y yo no nos dábamos el gustazo de hacer una escapada padre-hijo. El lugar escogido esta vez fue el condado de Cork en el denominado Ancestral Este de Irlanda donde pudimos visitar Cobh y la isla de Spike.

En el tercer viaje a Irlanda ya tocaba alejarse un poco de Dublín, así que nos decidimos por la segunda ciudad más poblada (y probablemente más orgullosa) de la isla esmeralda para descubrir algunos de los paisajes verdes, castillos y pueblos marineros que la rodean. 5.000 años de historia y muy buenas sorpresas nos aguardaban. Acompáñanos en esta excursión a Cobh, la que fuera la última morada del Titanic.

Cobh, un idílico pueblo marinero cerca de Cork

Fotos de Irlanda, plaza de Cobh

Lo cierto es que el Ancestral Este de Irlanda suele relacionarse con leyendas casi tan antiguas como los primeros pobladores de la isla esmeralda, aunque hay lugares que gozan de una importancia histórica trascendental pese a que ésta sea mucho más reciente. Es el caso de Cobh, un pueblo marinero que tradicionalmente ha sido el puerto de Cork y que ha jugado un papel fundamental en los anales de los emigrantes irlandeses y también como punto estratégico en la defensa naval.

Cobh está ubicado en un precioso estuario desde el que parten numerosas callejuelas frente al mar que van creando pendientes rociadas de numerosas casitas de colores como si se tratara de un lienzo de Vasili Kandinski. Estamos convencidos de que es una de las excursiones más populares desde Cork ya que se puede llegar en tren en menos de 25 minutos. Sinceramente merece mucho la pena (también puedes visitar Cork, Cobh y castillo de Blarney en 1 día desde Dublín).

Fotos de Irlanda, Cobh

Casi desde cualquier punto de la localidad se puede divisar la espectacular Catedral de San Colmán, un templo de estilo neogótico que resulta exageradamente grande para una localidad que no llega a los 7.000 habitantes. Además, de ser vistosa por su tamaño y por su opulento interior (no te olvides de observar su rosetón, el órgano y si tienes oportunidad de escuchar el carrillón), se emplaza sobre el saliente de una colina por lo que se ha convertido el punto de referencia para orientarse por el pueblo.

Aunque quizás lo mejor sea que ignores este último consejo, ya que una localidad como Cobh merece dejar de un lado las brújulas y mapas para perderse por sus plazas y calles en zigzag o su pintoresco puerto. Eso sí, de vez en cuando date el capricho de tomarte una pinta o reponer fuerzas en alguno de los restaurantes que hay cerca del mar. A Teo y a mí nos gustó especialmente el Gilbert’s Bistro in the Square.

Cobh, la última morada del Titanic

Fotos de Irlanda, maletas de la Cobh Heritage Centre

La belleza actual de Cobh y su papel como destino de relax para la gente de Cork contrasta poderosamente con su agridulce historia naval. Quizá su hito positivo más relevante esté relacionado con el Sirius, una embarcación que en 1938 se convirtió en la primera con motor a vapor que cruzó el Atlántico.

Sin embargo, este hecho queda en una mera anécdota si lo comparamos con los trágicos incidentes que envolvieron al Lusitania (cuyo torpedeo por parte de los alemanes provocó la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial) y especialmente al Titanic. Creo que no habrá nadie que esté leyendo estas líneas que no conozca la infausta historia del célebre transatlántico británico, sobre todo tras la realización de la oscarizada película de James Cameron en 1997.

Fotos de Irlanda, Teo y el barco en el Titanic Experience Cobh

Precisamente fue Cobh la que tuvo el infortunado honor de convertirse en el último puerto en el que atracó el Titanic. Por entonces la localidad todavía se llamaba Queenstown y el transatlántico sería visto en Irlanda un día después de su partida de Southampton y tres antes de su hundimiento entre la noche del 14 y la madrugada del 15 de abril de 1912 tras chocar con un iceberg. Murieron 1514 personas de las 2223 que iban a bordo.

Curiosamente mi acompañante en este viaje a Iranda no conocía la historia del Titanic. Teo con sólo siete años todavía no había escuchado hablar de este funesto siniestro. Y como todavía es muy joven para ver la película protagonizada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet nos aventuramos a vivir la Titanic Experience Cobh. Se trata de un museo interactivo para toda la familia en la que ayudado de proyecciones y paneles visuales puedes experimentar en primera persona cómo era la vida en el lujoso barco durante la travesía y también cómo fue su desdichado final.

Fotos de Irlanda, Teo en el Titanic Experience Cobh

La visita siempre es guiada pero nos resultó de lo más entretenida. Aunque las explicaciones son en inglés tienes muchísima información en castellano. Al tener tantos elementos manipulables el recorrido es más interesante para los niños. Teo se quedó más con la parte de la navegación y la vida a bordo que con el final del Titanic. Bendita inocencia.

Un complemento a la Titanic Experience es el Cobh Heritage Centre, un museo emplazado en la antigua estación de trenes que relata la historia de los miles de inmigrantes que tuvieron que cruzar el Atlántico por culpa de la Gran Hambruna.

Navegando hacia la Isla de Spike, la “Alcatraz de Irlanda”

Fotos de Irlanda, Teo en la Isla de Spike

La excursión de un día desde Cork a Cobh puede completarse con la visita a la Isla de Spike. Quizás, fuera la experiencia que más le gustara a Teo tanto por la navegación como por los grandes espacios para correr y jugar. Varios barcos zarpan desde el Kennedy Pier cada jornada a esta pequeña ínsula conocida popularmente como la “Alcatraz de Irlanda”. El motivo de ese peculiar sobrenombre se debe a que albergó en los siglos XIX y XX la que fue considerada la mayor cárcel del mundo según nos contaron durante la visita guiada.

La travesía en barco dura pocos minutos y antes de tomar el ferry puedes escoger visitarla por tu cuenta o con una visita guiada de aproximadamente tres horas y media. Nada más llegar cruzarás las murallas del antiguo fuerte de artillería que luego haría las veces de cárcel. Puedes adentrarte en muchas de las antiguas celdas, barracones y también en los túneles que es la parte que más suele gustar a los niños, junto con las numerosas actividades al aire libre que se organizan.

Fotos de Irlanda, celdas Isla de Spike

Hay muchas exposiciones de contenido bélico (o antibélico), pero también se explica cómo eran las rigurosísimas travesías hasta Australia de los presos. Hoy en día se ha recuperado la Isla de Spike para fines civiles y además de los campamentos para niños, es una isla verde para pasar un día diferente en familia.

¿Te han gustado esta excursión desde Cork a Cobh y la Isla de Spike? ¿Qué otros lugares para visitar en Irlanda con niños nos recomendarías? Compártelo con nosotros en los comentarios.

Tienes más información en la web de Descubre Irlanda.

Galería de fotos de Cobh y la Isla de Spike

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