¿Vas a estar unos días en la capital de Noruega y no sabes qué ver en Oslo? Nosotros hemos viajado 5 veces a este país escandinavo, así que para ayudarte con tu viaje hemos resumido en una lista los 10 lugares imprescindibles que visitar en Oslo.
La capital de Noruega está repleta de rincones muy interesantes como el Parque Vigeland, su futurista Ópera o el Museo de Barcos Vikingos.
En nuestra opinión se está transformando en una de las ciudades más hermosas del norte de Europa, pues siempre está en constante evolución y apostando por la sostenibilidad.
A ver si en 2021 ó 2022 podemos regresar a este destino que nos apasiona tanto y en el que hemos estado ya cinco veces, mientras tanto arrancamos con esta guía de viaje con planes para hacer en Oslo en 1 ó 2 días.
Sitios imprescindibles que visitar en Oslo
Admitámoslo, los viajes a Noruega son cada vez más atractivos para los españoles, especialmente ahora que tras la pandemia por COVID-19 buscamos destinos poco masificados y con una naturaleza exuberante.
El país escandinavo seduce al viajero con sus incomparables atractivos naturales, una increíble calidad de vida y una oferta cultural de primerísmo nivel. Oslo va a estar en tu itinerario sí o sí, ya que aterrizarás en la campital antes de visitar los fiordos noruegos o ver auroras boreales en Laponia.
La oferta cultural de Oslo es simplemente espectacular, sean cuales sean tus gustos, seguro que encuentras algo que te guste. Empezamos a descubrirte los lugares imprescindibles que ver en Oslo.
Vigelandsparken o parque de las estatuas de Oslo
Una gran opción para explorar la capital de Noruega es empezar tu recorrido por el Vigelandsparken o parque de las estatuas de Oslo, sin duda uno de los parques más bellos del mundo en nuestra opinión. Todos los sentimientos humanos se reproducen en las espectaculares obras de Vigeland.
El parque de las estatuas, junto con el Munch Museet y el Holmenkollen, es de los atractivos de Oslo que más alejados están del centro de la ciudad. No obstante, llegar hasta allí es muy sencillo. Sólo tienes que pillar el tranvía 12 y apearos en la parada que lleva el nombre del parque, justo frente a la puerta.
Visita «El grito de Munch» en la Galería Nacional
Los amantes del arte no pueden dejar escapar la oportunidad de visitar la Galería Nacional. La estrella indiscutible de este museo es el celebérrimo El grito de Munch, aunque hay otras obras maestras que merecen una parada.
El grito es probablemente una de las obras artísticas más reconocidas y reconocibles del mundo y una obra maestra del expresionismo. El arte no es que sea uno de nuestros fuertes, así que dejamos la parte técnica y crítica para los estudiosos, aunque no hace falta decir que es uno de los sitios turísticos de Oslo más recomendables.
Un paseo por Karl Johans Gate hasta el Palacio Real
Cuando el tiempo acompaña es casi una obligación pasear por Karl Johans Gate, una de las calles más bonitas del mundo por su estética y lo bien cuidada que está.
Se trata del centro neurálgico de Oslo y empieza (o termina) en el Palacio Real. Entre medias tienes un tramo peatonal con las tiendas más importante de Noruega, la catedral de Oslo o Domkirken, el parlamento noruego o Stortinget, la Universidad de Oslo o el Teatro Nacional con la efigie de Ibsen observándolo todo.
El salón donde se entrega el Premio Nobel de la Paz
En tu visita a la capital de Noruega, también puedes sentirte como un Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo, el lugar donde se entrega este importante galardón.
El interior del edificio es muy bonito. Merece la pena recrearse en los detalles. Un mosaico, una tapiz, una lámpara, un fresco, un picaporte… andad con los ojos bien abiertos porque en cualquier rincón se puede esconder un objeto de belleza sin igual.
El Museo de Barcos Vikingos de Oslo
Algunas de las atracciones más importantes de Oslo se encuentran en la la península de Bygdøy. Puedes llegar hasta allí en el autobús 30 hasta o en el ferry que parte desde el Ayuntamiento.
Una vez allí te quedarás prendado al contemplar los drakkar en el impresionante Museo de Barcos Vikingos de Oslo, en muy pocos lugares del mundo se conservan como aquí. Las verdaderas estrellas del museo son los drakkar que fueron desenterrados en tierra firme en la región del Oslofjord.
No hace falta ser muy ducho en historia vikinga para saber que los nobles eran enterrados en sus barcos con todo lo que necesitaran para el más allá. En estos enormes y hermosos mausoleos compartían tumba el señor, los sirvientes, las joyas, armas, muebles o comida para que no les faltara de nada.
El Museo Fram y la historia de los pioneros polares
Muy cerquita puedes visitar el Museo Fram que es otro de los lugares de interés para visitar en Oslo. Allí puedes aprender sobre la historia de los exploradores polares Nansen y Amundsen.
Hazañas de otros tiempos. Lo mejor de todo es que puedes acceder al Fram y pasear por su cubierta. También descender hasta sus bodegas para comprobar de primera mano lo dura que era la vida para las tripulaciones de Nansen y Amundsen durante sus gestas árticas polares.
Hay todo tipo de cachivaches, fotografías o utensilios marineros y médicos de la época.
Uno de sus principales atractivos es la Gol Stavkirke, un templo cristiano medieval de madera construido en el año 1200 en Gol y que fue trasladado a la península de Bygdøyen 1855.
Es relativamente sencillo ver algunas de estas iglesias de madera durante un viaje a Noruega, pero os aseguro que la primera vez te suelen dejar bastante aturdido. Se trata de alguno de los edificios de madera más antiguos del mundo y sus formas sinuosas parecen sacadas de una aldea de los elfos de Tolkien. Lástima que no se apareciera la Dama Blanca.
Caminar sobre la Ópera y el Ballet de Oslo
En los últimos años se ha vuelto imprescindible caminar sobre el edificio de la Ópera y el Ballet de Oslo y disfrutar de las vistas del fiordo desde las alturas.
Se trata de un icono de corte vanguardista que llama la atención desde la lontananza, ideal para los amantes de la arquitectura contemporánea. Es el saludo estridente y fresco que Oslo quiere lanzar a todos los que se acercan a la ciudad desde el fiordo.
De tonos blancos, rotos por el reflejo de los cristales, el edificio de la ópera de Oslo se ha convertido en poco tiempo en uno de los reclamos arquitectónicos y artísticos más populares de la capital de Noruega.
Visitar la fortaleza y el castillo de Akershus
Otro planes imprescindibles para hacer en Oslo puede ser pasar una mañana entre los muros de la fortaleza y el castillo Akershus y pasear por sus jardines.
Probablemente sea el vestigio más imponente del Oslo medieval, aunque se le han dado muchos usos. No obstante, tiene tantos atractivos que podrías estar una mañana recorriendo salones, contemplando muros o paseando por sus jardines. Desde luego que este lugar merece un tiempo para intentar comprenderlo.
Pese a que no os gusten demasiado los saltos de esquí la estructura del trampolín impresiona y mucho. Te sientes muy diminuto desde abajo y te parece imposible que alguien que esté en sus cabales se atreva a tirarse desde allí arriba sin paracaídas.
60 metros de altura y casi 100 de longitud. Yo no lo haría sobrio. El Holmenkollen está en una zona montañosa ubicada a una media hora en metro desde el centro, luego hay que andar un poquito cuesta arriba, pero pronto veréis el descomunal trampolín.
Guía para preparar tu viaje a Oslo
Ahora que ya hemos satisfecho tu curiosidad con los sitios más importantes para visitar en Oslo, vamos a darte buenos consejos para preparar tu escapada a la capital de Noruega.
¿Cómo llegar a Oslo?
Gracias a la colonia de noruegos que viven en España, tenemos muchísimos vuelos directos a Oslo. El avión es lógicamente la forma más sencilla y rápida de llegar hasta Noruega desde nuestro país.
Gardermoen, Torp y Rygge son los tres aeropuertos más cercanos a Oslo, aunque el primero es el principal del país escandinavo y probablemente tu puerta de entrada.
En este post te explicamos cómo ir del aeropuerto de Gardermoen a Oslo. Nosotros hemos probado el espectacular tren de alta velocidad Flytoget y también los autobuses con Wi-Fi gratuita y sillitas especialmente indicadas para los que hacemos viajes con niños.
¿Cuántos días me recomiendas estar en Oslo?
Esto como siempre es muy relativo y depende del tiempo del que disponga cada uno para sus vacaciones. Las veces que hemos viajado a Noruega, normalmente hemos estado unos tres días en su capital y siempre nos quedamos con ganas de ver muchas cosas más.
No obstante, ten en cuenta que nosotros viajamos con un niños pequeños y vamos más despacito de lo normal.
Si utilizas Oslo como entrada al país, recuerda que Noruega cuenta con algunos de los paisajes de naturaleza más espectaculares del mundo. Si dispones de pocos días para conocer el destino, quizás con 1 ó 2 días en Oslo es más que suficiente.
¿Es cara la vida en Oslo?
Mentiríamos si te dijéramos que no. En general, Oslo nos parece una ciudad bastante cara ¿recuerdas la cerveza de 15 euros? No obstante, si sabes buscar (o tienes tiempo para ello) puedes encontrar precios asequibles.
Para comer, por ejemplo, está lleno de puestos callejeros donde es barato comprar un perrito caliente y un refresco o un delicioso bocadillo de salmón noruego.
También hay un gran número de museos y lugares de interés que no cobran entrada al viajero. Además, el Oslo Pass es una tarjeta que merece mucho la pena adquirir y con la que te ahorrarás un pico si estás unos días en la capital de Noruega.
¿Dónde dormir en Oslo?
Aunque tiene fama de ciudad cara, en Oslo podrás encontrar alojamientos para todos los bolsillos y gustos. Desde albergues y campings como opción más asequible, pasando por pensiones y, por supuesto, hoteles con diseño escandinavo pensados para los amantes del lujo.
Siempre intentamos buscar hoteles que estén muy bien comunicados o céntricos para luego poder desplazarnos andando a todos los sitios. Estos dos cumplían nuestros requisitos, aunque si te interesan otras opciones aquí puedes buscar los mejores hoteles para tu estancia en Oslo.
¿Qué lugares te quedaste con ganas de ver en Oslo?
La verdad es que al estar varias veces en Oslo nuestros paseos han sido bastante completos para los días que estuvimos allí. No obstante, siempre quedan cosas en el tintero.
Nos hubiera encantado acercarnos a ver el Munch-Museet, navegar por el fiordo de Oslo, asistir a un concierto de black metal en el mítico Spektrum o dar un paseo nocturno, experiencia que al viajar con niños echamos bastante de menos (ya crecerán).
¿Cómo moverse por Oslo?
Sinceramente, nosotros lo hicimos casi todo andando. Oslo es una ciudad muy cómoda para moverse caminando o si nos apuras en bicicleta. No obstante, su red de transportes es impresionante, por lo que dispones de autobuses, tranvías, metro o ferry para visitar los lugares imprescindibles de Oslo.
Nosotros nunca viajamos sin seguro de viaje
Nosotros nunca viajamos sin seguro de viaje. Cuando sales de casa siempre es conveniente estar protegido por lo que pueda pasar y más en un destino donde la asistencia médica es tan cara como Noruega.
Te recomendamos viajar a Oslo con una póliza que te cubra en destino posibles accidentes, hospitalizaciones por enfermedad o contratiempos que puedan suponer un sobrecoste en tu presupuesto de viaje (ten en cuenta que la hospitalización o atención médica en Noruega es extremadamente cara).
¿Te han gustado nuestros 10 lugares que ver en Oslo imprescindibles? ¿Nos recomiendas alguno más? ¿Viajas pronto a Noruega y tienes alguna duda? Cuéntanoslo en los comentarios y te ayudaremos a resolverla.
Cuando la COVID-19 inició su mortífero avance por el planeta, Francesca Dominici sospechó que la contaminación atmosférica estaba elevando el número de muertos. Era la conclusión lógica que se desprendía de combinar todo el conocimiento científico previo sobre el aire contaminado y lo que se descubría cada día sobre el nuevo coronavirus. Las personas que viven en zonas contaminadas presentan una mayor probabilidad de padecer enfermedades crónicas, que a su vez las hacen más vulnerables a la COVID-19. Es más, la contaminación atmosférica puede debilitar el sistema inmunitario y causar inflamación de las vías respiratorias, lo que resta al organismo capacidad a la hora de combatir un virus respiratorio.
Una niña de dos años es tratada en un hospital de Ulan Bator especializado en enfermedades pulmonares. Su madre le ha pintado la frente con cenizas de carbón para ahuyentar a los malos espíritus. Pero la quema de carbón es justo la causa de que la capital de Mongolia sea una de las ciudades con mayor contaminación atmosférica del mundo. Los problemas respiratorios se agravan en invierno.
Foto: Matthieu Paley
Muchos expertos percibieron esa posible conexión, pero Dominici, profesora de bioestadística en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard, estaba especialmente preparada para verificarla. Ella y sus colegas llevan años creando una extraordinaria plataforma de datos que compara información sobre la salud de decenas de millones de estadounidenses con un resumen diario del aire que han respirado desde el año 2000. Así me lo explicó Dominici por videollamada el verano pasado desde su casa de Cambridge, Massachusetts, mientras en mi despacho doméstico de Londres el efímero alivio obrado sobre el tráfico por el primer confinamiento había llegado a su fin y los humos de escape volvían a enturbiar el aire.
Todos los años, Dominici adquiere información detallada (pero anonimizada) de cada uno de los aproximadamente 60 millones de estadounidenses de edad avanzada que están afiliados a Medicare: edad, sexo, raza, código postal y las fechas y códigos de diagnóstico de todas las muertes y hospitalizaciones. Toda esta información representa la primera mitad de la plataforma de datos. La otra mitad es todo un logro en sí mismo. Dirigidos por Dominici y por el epidemiólogo de Harvard Joel Schwartz, decenas de científicos empezaron por segmentar Estados Unidos en una cuadrícula de unidades de un kilómetro de ancho. A continuación trabajaron en un programa de aprendizaje automático para que calculase los niveles diarios de contaminantes en cada cuadrado durante un período de 17 años, incluso aunque en este no hubiese una estación de medida.
Un hombre pasa la escoba en una planta de procesado donde el carbón en bruto se transforma en briquetas para su uso en estufas y cocinas domésticas.
Foto: Matthieu Paley
Con esos dos bloques de datos, Dominici y sus colegas pudieron estudiar por primera vez los efectos de la contaminación atmosférica en cualquier rincón de Estados Unidos. Y extrajeron conclusiones preocupantes. En un estudio de 2017 descubrieron que, incluso donde la calidad del aire cumplía con los estándares nacionales, la contaminación estaba relacionada con unas tasas de mortalidad más elevadas. Eso significa que «el estándar no es seguro», me explicó Dominici.
Dos años después comunicaban que las hospitalizaciones por una serie de dolencias –entre ellas insuficiencia renal y septicemia, cuya relación con la contaminación apenas se había analizado– aumentaban cada vez que se agravaba la contaminación. Estos hallazgos se sumaron a la montaña de pruebas que demuestran los peligros de las PM2,5, partículas en suspensión de un tamaño inferior a 2,5 micras, unas 30 veces más finas que un cabello humano. Algunas de esas partículas –las del hollín, por ejemplo– logran pasar al torrente sanguíneo. Los científicos las han localizado (como también partículas todavía más minúsculas, las llamadas «ultrafinas») en el corazón, el cerebro y la placenta.
Las centrales eléctricas de carbón, como la de la imagen, son otra fuente de contaminación: una amenaza para la salud y el clima.
Foto: Matthieu Paley
Cuando estalló la pandemia, Dominici y su equipo decidieron cruzar los datos nacionales de calidad del aire con el recuento de muertes por COVID-19 que lleva a cabo la Universidad Johns Hopkins en el condado. Y, efectivamente, detectaron que las tasas de mortalidad por el virus eran más altas en los lugares con mayor contaminación por PM2,5. A nivel mundial, informaba el equipo en diciembre, la contaminación por partículas representaba el 15 % de las muertes por COVID-19. En los supercontaminados países del Asia oriental, la proporción ascendía al 27 %.
Los datos saltaron a los titulares. «A mí no me sorprendió en absoluto –me dijo Dominici–. Era lo lógico». Ella ya sabía lo que gran parte de los ciudadanos ignora: que el aire contaminado siega muchas más vidas, y con mucha más regularidad, que el nuevo coronavirus.
Los médicos revisan una radiografía de tórax infantil en un hospital de Ulan Bator en busca de signos de neumonía. La contaminación es un factor de riesgo.
Foto: Matthieu Paley
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación atmosférica es responsable de unos siete millones de muertes prematuras al año, más del doble que el consumo de alcohol y más de cinco veces que los accidentes de tráfico. (Hay investigaciones que sitúan las cifras de muertes por contaminación por encima incluso de las de la OMS). La mayoría de esas muertes son consecuencia de la contaminación atmosférica exterior; el resto se atribuye en primer lugar al humo generado por las cocinas interiores de leña o carbón. Casi todas las muertes se producen en países en vías de desarrollo –solo China y la India asumen cerca de la mitad–, pero la contaminación atmosférica constituye una causa significativa de muerte también en los países desarrollados. El Banco Mundial cifra el coste económico mundial en más de cuatro billones de euros anuales.
En Estados Unidos, 50 años después de que el Congreso aprobase la Ley de Aire Limpio, más del 45 % de los ciudadanos sigue respirando un aire insalubre, apunta la Asociación Americana del Pulmón. Sigue causando más de 60.000 muertes prematuras al año, y eso sin contar los muchos miles de decesos asociados a una mayor vulnerabilidad a la COVID-19. La contaminación es un asesino invisible: no figura en los certificados de defunción. Quizás este año, me dijo Dominici, su solapamiento con amenazas tan nuevas como aterradoras (un virus descontrolado y los incendios forestales) nos ayude a reconocer el daño que lleva tanto tiempo infligiéndonos en silencio.
Una activista que lucha contra la contaminación se manifiesta en la plaza de Sühbaatar, a las puertas del Parlamento. El Gobierno de Mongolia ha hecho muy poco por desarrollar una energía limpia.
Foto: Matthieu Paley
Pero cuando el pasado diciembre la Agencia para la Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos (EPA) decidió no endurecer los estándares nacionales de calidad del aire para las PM2,5, sino mantenerlos en sus niveles actuales, obvió la investigación de Dominici y de los científicos de su propia agencia, cuyos cálculos decían que reducir el estándar anual un 25 % salvaría 12.000 vidas al año.
La brutal consecuencia de la mala calidad del aire quedó constatada sin atisbo de duda por un proyecto histórico de 1993, el llamado estudio de las «Seis Ciudades». Un equipo de Harvard analizó seis pequeñas ciudades estadounidenses y comprobó que los habitantes de la más contaminada tenían una probabilidad de morir prematuramente un 26 % superior que los que vivían en la más limpia. La contaminación les estaba robando unos dos años de vida.
El carbón y sus consecuencias son omnipresentes en Ulan Bator
«La sorpresa fue mayúscula. De hecho, el efecto que veíamos era tan grande que no nos lo creíamos», me dijo Douglas Dockery, autor principal del estudio, ya jubilado. Pero otro conjunto de datos a largo plazo aportados por la Sociedad Americana contra el Cáncer no tardó en confirmarlo.
Posteriores investigaciones han sacado a la luz otras dos verdades esenciales sobre la contaminación atmosférica: es perjudicial a niveles mucho menores de lo que se creía y obra estragos en muchos más frentes de los que se sospechaba. La inmensa variedad de efectos dañinos dejó pasmado a Dean Schraufnagel, profesor de medicina pulmonar de la Universidad de Illinois en Chicago, cuando en 2018 dirigió el panel que revisó y sintetizó décadas de investigación.
El aire contaminado, informó su comité, repercute en casi todos los sistemas esenciales del organismo. Puede causar alrededor del 20 % de las muertes por accidente cerebrovascular y enfermedad coronaria, desencadenando infartos y arritmias, insuficiencia cardíaca congestiva e hipertensión. Se asocia al cáncer de pulmón, vejiga, colon, riñón y estómago, y a la leucemia infantil. Perjudica el desarrollo cognitivo de los niños y eleva el riesgo de que los mayores desarrollen demencia o fallezcan de párkinson. Se han identificado vínculos plausibles con la diabetes, la obesidad, la osteoporosis, los problemas de fertilidad, los abortos… y la lista continúa.
Cecilia Persavento (a la derecha), técnica de investigación del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), prepara al bebé de Nuria Echevarría para someterlo a un escáner cerebral en el marco de un estudio que busca saber si la exposición a la contaminación atmosférica durante el embarazo afecta al desarrollo del cerebro, como determinados defectos congénitos y leucemia infantil.
Foto: Matthieu Paley
La otra cara de la moneda es menos aciaga: un aire más puro mejora la salud. Desde la entrada en vigor de la Ley de Aire Limpio de 1970, el descenso del 77 % de la contaminación ha alargado la vida a millones de estadounidenses. Las enmiendas de 1990 a la Ley evitaron 230.000 muertes solo en 2020, según una estimación de la EPA.
En otras regiones del mundo el aire está mucho más contaminado. El fotógrafo Matthieu Paley y yo visitamos Ulan Bator, la capital de Mongolia y una de las ciudades más contaminadas del planeta, sobre todo en su crudísimo invierno, cuando el carbón se convierte en un artículo de supervivencia. Se quema por toneladas en las centrales eléctricas de la ciudad y por sacos en las gers (o yurtas mongolas) que alojan a los migrantes pobres procedentes del campo.
«Ya no recuerdo cómo suena un pulmón sano –me dijo Ganjargal Demberel, una doctora que hace visitas a domicilio en uno de esos barrios–. Todo el mundo tiene bronquitis o algún otro problema, especialmente en invierno».
Incluso los europeos, tan avanzados desde el punto de vista medioambiental, conviven con una contaminación significativamente peor que la que soportan los estadounidenses. En Europa central y del Este sigue saliendo humo de carbón –devastador para la salud y para el clima– de las chimeneas de casas y centrales eléctricas. En Londres, donde llevo instalada 20 años, hubo un tiempo en que el carbón sumía la ciudad en una densa niebla mortífera, pero por fortuna aquello pasó a la historia mucho antes de mi llegada. En lugar de eso, ahora el país y sus vecinos continentales sufren los efectos de otro combustible tóxico: el diésel.
Las tasas de mortalidad por el virus son más altas en los lugares con mayor contaminación por partículas. A nivel mundial, la contaminación por partículas representó el 15 % de las muertes por COVID-19.
Más contaminante que la gasolina, el diésel goza de una consolidada popularidad en Europa porque ofrece un consumo ligeramente inferior. Las transitadas avenidas de París, Barcelona, Roma o Frankfurt se ahogan en humaredas dignas de Londres. Noto la diferencia cada vez que regreso a Nueva York y respiro un aire perceptiblemente más puro que el londinense. Cuando vuelvo a Gran Bretaña, me preocupo por lo que esos humos puedan estar causando en mi hija adolescente, cuyos pulmones aún están desarrollándose y son vulnerables.
El problema de la calidad del aire en Europa no radica solo en un combustible en particular, sino también en los fallos políticos y normativos que permitieron al sector de la automoción seguir vendiendo vehículos cuyas emisiones dejaban muy atrás los límites legales. En 2015 salió a la luz pública que Volkswagen había programado 11 millones de coches diésel con un software que activaba los controles de contaminación durante las pruebas, pero los desactivaba el resto del tiempo. Las autoridades estadounidenses obligaron a la empresa a compensar a los clientes y reparar o recomprar los vehículos. Europa, en cambio, ha permitido que 51 millones de coches y furgonetas (de diversos fabricantes) sigan circulando con emisiones de dióxido de nitrógeno tres o más veces por encima del límite, según la Federación Europea de Transporte y Medioambiente. Un estudio halló que ese exceso de contaminación se traduce en cerca de 7.000 muertes prematuras al año.
En vez de obligar a los fabricantes a adaptar los coches a la normativa, Europa está dejando el problema en manos de las ciudades. En todo el continente son los ayuntamientos los que prohíben la circulación de los vehículos más contaminantes o penalizan a sus propietarios. Hay indicios de que este tipo de medidas anima a los conductores a abandonar el diésel, pero estas iniciativas locales no son ni de lejos tan eficaces como podrían serlo unas medidas tomadas en instancias superiores.
La preocupación por la contaminación llevó a Shashawnda Campbell (sentada delante) y a otros jóvenes activistas de Brooklyn y Curtis Bay, dos barrios del sur de Baltimore, en Maryland, a organizarse para frenar el proyecto de construcción de una incineradora. Los vecinos de la zona ya viven cerca de otras instalaciones contaminantes.
Foto: Gabriella Demczuk
El diésel y el carbón no son los únicos contaminantes atmosféricos, ni en Europa ni en el resto del mundo. El humo de la combustión de leña en chimeneas, estufas y cocinas, cargado de PM2,5, es un problema creciente. Los confinamientos de 2020 dieron a los científicos la inesperada oportunidad de ver qué ocurre cuando se paralizan temporalmente ciertas fuentes de contaminación. Mientras el virus asolaba el norte de Italia en primavera, Valentina Bosetti y Massimo Tavoni, pareja de economistas del Instituto Europeo de Economía y Medio Ambiente de RFF-CMCC, con sede en Milán, se vieron confinados en casa con sus tres hijos.
«En vez de matarnos entre nosotros, pensamos: hagamos algo con estos datos», me contó Bosetti.
Pese al parón casi total del transporte y la producción, el matrimonio descubrió que la calidad del aire no había mejorado tanto como creían muchos vecinos. «Los periódicos decían: el cielo está azul, es todo maravilloso –me dijo Bosetti–. Pero no era así». En los sensores alejados de carreteras y fábricas, los niveles de PM2,5 apenas descendieron un 16 %; los de dióxido de nitrógeno, solo un 33 %. Resultó que un sector de enorme envergadura seguía contaminando mientras la gente se quedaba en casa: la agricultura.
La agricultura industrial moderna contamina a gran escala. Existe un estudio que la identifica como la mayor fuente de PM2,5 de Europa, el este de Estados Unidos, Rusia y Asia oriental. Las enormes cantidades de estiércol y los abonos químicos desprenden amoníaco, que al reaccionar con otros contaminantes atmosféricos crea las diminutas partículas. Los científicos lo saben desde hace tiempo, pero Bosetti confía en que esta demostración inequívoca en el mundo real despierte entre los políticos la voluntad de tomar medidas.
China sigue encabezando las listas mundiales de muertes por contaminación atmosférica, pero en los últimos tiempos ha hecho grandes avances en la limpieza de sus cielos, mientras que la respuesta de la India ha sido prácticamente ineficaz. Las ciudades indias copan nueve de los 10 primeros puestos de la lista de niveles de PM2,5 que compila la OMS. El coste humano es horrible: casi 1,7 millones de muertes prematuras al año.
La niebla flota en el aire mientras unos hombres trabajan en el proyecto de una presa en Faridabad, cerca de Delhi. Nueve de las diez ciudades más contaminadas del mundo están en la India. Se calcula que en 2019 murieron prematuramente en este país 1,7 millones de personas a causa de la contaminación.
Foto: Saumya Khandelwal
La polución en la India procede de una increíble variedad de fuentes contaminantes. En las zonas donde no hay recogida de basuras, los desperdicios se incineran en las calles. Los frecuentes cortes del suministro eléctrico convierten los generadores diésel en una imagen habitual. Los campesinos y los indigentes urbanos queman madera, estiércol e incluso plástico para cocinar y calentarse. Y cada otoño se ciernen sobre Delhi humaredas procedentes del Punjab y Haryana, donde los agricultores queman los campos para limpiarlos tras la cosecha.
«Es como vivir en una cámara de gas», me dijo Jyoti Pande Lavakare, escritora y activista de Delhi. En los peores meses, cada vez que sale a la calle, «me entra dolor de cabeza por la contaminación. Mi hija también tiene cefaleas; a veces incluso náuseas. Y te lloran los ojos». Los estadounidenses supieron fugazmente lo que es la contaminación típica de Delhi el pasado otoño, cuando algunas partes del oeste del país se vieron engullidas por el humo de los incendios forestales.
Lavakare vivía en California, pero en 2009 se trasladó a Delhi con su marido e hijos para estar cerca de los abuelos. Le sorprendió lo mucho que había empeorado la contaminación en la India. Sus padres no entendieron que comprase purificadores de aire, pero una vez instalados notaron mejoría. Entonces llegó 2017 y a su madre le diagnosticaron un cáncer de pulmón.
«Avanzó a toda velocidad –recuerda Lavakare–. Los médicos decían: "Claro, ¿ves de dónde viene? Toda la vida en el norte de la India, la capital mundial de la contaminación"». Murió en 2018.
Para entonces, Lavakare había cofundado un colectivo que luchó con éxito para que el Parlamento debatiese la cuestión. Escribió un libro, Breathing Here Is Injurious to Your Health (Respirar aquí es perjudicial para la salud), sobre la muerte de su madre. «Lo hemos probado todo –me dijo–. Y no veo que estemos avanzando mucho».
Hubo una época, durante la década de 1990 y principios de 2000, cuando pareció que las cosas podían cambiar en Delhi. Obligada por el Tribunal Supremo, la ciudad exigió que los autobuses y los omnipresentes rickshaws a motor se pasasen al gas natural comprimido. Pero el crecimiento económico no tardó en dejar atrás todas las medidas anticontaminación. El parque móvil indio se cuadriplicó con creces entre 2001 y 2017. La fabricación de ladrillos se intensificó para alimentar el auge de la construcción, y los hornos de carbón donde se fabrican no filtran el humo.
Sí ha habido un punto positivo: la iniciativa para dotar a los indios de las áreas rurales de alternativas a las humeantes cocinas de leña y carbón ha reducido la contaminación interior y está salvando cientos de miles de vidas al año. Pero en lo relativo a la contaminación exterior, la India lleva una década sin mejoras significativas. «No hemos registrado la más mínima disminución en ninguna de las ciudades», me dijo Sarath Guttikunda, director del grupo de investigación Urban Emissions.
Con la COVID-19, las muertes «son instantáneas. Los efectos de la contaminación atmosférica, en cambio, son acumulativos. Es una pandemia a cámara lenta», afirma Lavakare.
En Estados Unidos, la polución añade una dimensión extra a la marcada desigualdad racial del país. Según ha revelado un estudio, los estadounidenses negros están expuestos a 1,5 veces más PM2,5 que la población general, y la disparidad es más racial que económica.
Una máquina rocía agua para reducir el polvo en una obra de Delhi. Este polvo, que puede contener sustancias químicas nocivas, es una de las principales fuentes de contaminación atmosférica de la ciudad. La quema de basuras, los fuegos para cocinar, los generadores diésel y las centrales eléctricas de carbón también envenenan el aire.
Foto: Saumya Khandelwal
«Los estadounidenses negros ricos respiran más contaminación que los estadounidenses blancos pobres, sistemáticamente», me dijo Dominici. Y la brecha va en aumento. «En la limpieza del aire de este país, estamos incidiendo en las zonas donde viven los blancos».
En 2013, cuando Shashawnda Campbell estudiaba en un instituto del sur de Baltimore, se enteró de que el estado había aprobado el proyecto de instalación de una nueva incineradora a un kilómetro y medio del centro. Su reacción fue inmediata: «No. Es lo que nos faltaba. Aquí ya apesta; ya tenemos contaminación de sobra».
Los barrios de Brooklyn y Curtis Bay, donde vivían Campbell y sus compañeros de clase, son pobres y tienen una significativa proporción de población negra y latina. La zona ya bregaba con una incineradora de residuos médicos, una planta química, un vertedero y un enorme almacén de carbón al aire libre. «Que nos pongan todas esas cosas aquí no es casualidad. Es a propósito –se quejaba Campbell–. En otros sitios nadie las quiere. Pero a nosotros no nos preguntan si las queremos».
Las empresas construyen instalaciones contaminantes en esas zonas porque el suelo es más barato y los residentes suelen tener poca influencia política, me dijo al respecto George Thurston, profesor de medicina medioambiental en la Universidad de Nueva York. «Evitan los barrios más ricos cuyos vecinos tienen voz y voto. Buscan ubicarse donde vayan a encontrar menos resistencia».
Campbell no estaba dispuesta a permitir que una vez más se saliesen con la suya. Agrupados en un colectivo que llamaron Free Your Voice (Libera tu Voz), ella y un grupo de compañeros organizaron una recogida de firmas casa por casa. «Sabíamos que teníamos que resistirnos», recordaba. Tardaron tres años, pero el proyecto de la incineradora se frenó. «Fue increíble ver que lo conseguimos. Logramos cambiar las cosas».
Hoy en día Campbell visita centros educativos para enseñar a los niños cómo se combate el racismo medioambiental. Un entrenador de su antiguo instituto le contó que no conseguía formar un equipo de baloncesto «porque todos los chicos tienen asma. No aguantan corriendo». El verano pasado, en las marchas de Black Lives Matter, otros manifestantes le confesaron que jamás se les había ocurrido relacionar la contaminación con la violencia policial. «Todo forma parte del mismo racismo, en diferentes manifestaciones», dice ella.
Al otro lado del continente, el adversario de Anthony Victoria no es una incineradora, sino la economía de consumo, al menos en su forma actual. Este joven vive en Inland Empire, una región de California antaño conocida por sus plantaciones de cítricos. Situada a cien kilómetros tierra adentro de los puertos mercantes de Los Ángeles y Long Beach, hoy es un centro de almacenes –de Amazon, Target, Walmart– que distribuyen importaciones de China y otros lugares. Victoria lo describió así: «Tienes un barrio de viviendas y un megaalmacén gigantesco en la acera de enfrente».
En EE. UU. los vehículos eléctricos evitarían miles de muertes y un gasto sanitario de 72.000 millones de dólares al año. En China, la mejora de la calidad del aire a inicios de 2020 puede haber salvado más vidas que las segadas por el virus.
El verdadero problema es el incesante flujo de camiones que atraviesan los barrios de gente obrera, de color e inmigrantes. «La pausada violencia de la cadena de suministro es lo que realmente vampiriza la energía, la salud y los medios de vida» de las personas, me dijo Victoria. El Centro de Acción Comunitaria y Justicia Medioambiental, un colectivo para el que trabajaba cuando hablé con él, entregó a los residentes contadores manuales para que registraran el tráfico de camiones. A lo largo de la Ruta Estatal 60, que discurre de este a oeste, cuantificaron 1.161 en una hora.
«Ya se imaginará qué efectos negativos tiene algo semejante en la vida de las personas –prosiguió–. Nuestras comunidades se conocen como zonas de muerte por diésel». La COVID-19 se ha cebado en algunos de esos almacenes. «Hay gente que está muerta de miedo», me contó Victoria, operarios de almacenes «ya inmunocomprometidos por la contaminación» que ahora sienten terror por si llevan el virus a casa, donde tienen unos hijos y unos padres con asma o con cáncer.
También aquí se vislumbran indicios de cambio. El colectivo de Victoria compartió sus recuentos de camiones con la Junta de Recursos del Aire de California, cuyas normativas suelen ser pioneras en el país. El año pasado la Junta implantó una nueva: los fabricantes deben empezar a introducir camiones con cero emisiones en el estado antes de 2024, y la proporción de camiones nuevos no contaminantes tiene que aumentar de forma constante hasta 2035. La Junta también prevé endurecer el requisito de que los barcos paren sus motores y se conecten a la red eléctrica terrestre mientras están atracados, o bien usen tecnología de captura de la contaminación. En conjunto, las normativas marítimas y viarias «tendrán un efecto enorme», aseguró Joe Lyou, presidente de la Coalición por el Aire Limpio, con sede en California.
Al igual que muchas medidas de reducción de la contaminación atmosférica, las nuevas normativas también recortan las emisiones de carbono culpables del calentamiento climático. Ambas comparten una misma causa: nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Y eso significa que virar hacia una energía más limpia, lejos del petróleo, el gas y el carbón, es urgente no solo para evitar un aterrador futuro de sequías, inundaciones, incendios forestales y tormentas, sino que también redundará en beneficio de nuestra salud actual, y las comunidades más afectadas serán las que más lo agradezcan. Según la Asociación Americana del Pulmón, el simple hecho de electrificar el parque móvil evitaría miles de muertes en Estados Unidos y ahorraría 72.000 millones de dólares en gasto sanitario al año.
Victoria ve en ello un rayo de esperanza. Sectores como el de la fabricación de camiones eléctricos pueden llevar a su comunidad nuevas oportunidades económicas junto con un aire más puro. «No tenemos por qué sacrificar nuestra salud o la calidad del aire a cambio de un puesto de trabajo» dice.
La contaminación atmosférica y el cambio climático comparten causa y solución, pero funcionan en escalas temporales diferentes. Una de las características más sorprendentes de la contaminación atmosférica es la rapidez con la que mejora la salud cuando desaparece. Los cierres económicos a los que obligó la COVID-19 el año pasado frenaron temporalmente las emisiones de carbono en todo el mundo, pero la cantidad total de carbono presente en la atmósfera siguió aumentando, con el consiguiente agravamiento de la amenaza a largo plazo del cambio climático. En contraste, hasta las reducciones más modestas y localizadas de contaminantes como las PM2,5 o el dióxido de nitrógeno se traducen de inmediato en un número menor de ataques de asma, infartos y muertes.
En China, los investigadores llegaron a una conclusión impactante: la mejora de la calidad del aire durante el confinamiento de principios de 2020 salvó más de 9.000 vidas, según un estudio, y unas 24.000, según otro; más vidas de las que se cobró el virus, al menos según las estadísticas oficiales de China, que sitúan el número de víctimas de la COVID-19 por debajo de las 5.000. Los científicos comprenden desde hace tiempo que la mayor calidad del aire salva vidas, afirma Kai Chen, epidemiólogo de Yale y autor principal del primer estudio. Pero «es espectacular» verlo en directo.
Mientras que es imposible obviar el impacto mortal de la pandemia, la contaminación recibe mucha menos atención, aunque se cobra muchas más vidas. Una de las razones, me sugería Dominici, es la dificultad de vincular la contaminación con muertes concretas. Una de las personas que han logrado cambiar esa tendencia es Rosamund Adoo Kissi-Debrah, la activista contra la contaminación atmosférica más conocida de Gran Bretaña.
Ella Roberta Adoo Kissi-Debrah vivía cerca de una avenida muy transitada de Londres, donde el diésel es una de las principales fuentes de contaminación. Ella sufría asma grave y a menudo era hospitalizada durante los picos de contaminación. Murió de asma en 2013, a los nueve años.
Foto: Hollie Adams, Getty Images
Su hija mayor, Ella, falleció de asma a los nueve años en 2013. La familia vive a 25 metros de una de las vías más transitadas de Londres, la South Circular Road, y ella está convencida de que los gases de escape del tráfico enfermaron a su hija. Durante años libró una batalla legal para demostrarlo. Maestra de profesión hasta que la tragedia le cambió la vida, hizo de su desgracia un éxito de concienciación pública al lograr que la contaminación figurase en el certificado de defunción de Ella como factor contribuyente de su muerte.
Tras la muerte de Ella, Stephen Holgate, especialista en asma de la Universidad de Southampton, vio que muchas de las hospitalizaciones de la niña –entre ellas la última– coincidían con picos de contaminación. Con un aire más puro, concluyó, Ella bien podría seguir viva. Como madre, «es muy difícil de asimilar», me confesó Kissi-Debrah.
Su madre, Rosamund, maestra reconvertida en activista, luchó contra la contaminación atmosférica y logró que figurase en el certificado de defunción de Ella. El pasado diciembre un forense le dio la razón.
Foto: Serena Brown
En la primera investigación de 2014, el médico forense concluyó que Ella había fallecido de insuficiencia respiratoria aguda y asma, sin considerar ninguna causa externa. Kissi-Debrah insistió y su lucha recibió una amplia cobertura mediática. Conseguir que la contaminación figurase en el certificado de defunción –algo sin precedentes en el Reino Unido y quizás en el mundo– tal vez le reportase un flaco consuelo, pero entrañaba un valor moral y político. Si una sentencia judicial dictaminaba que el aire británico había contribuido a segar la vida de una niña, la conclusión inequívoca sería que estaba poniendo en peligro otras vidas y que era imperativo hacer algo al respecto.
Kissi-Debrah sabe que las respuestas no son complicadas. Las normas estrictas tomadas sobre una base científica dan resultado, siempre que los Gobiernos velen por su cumplimiento. «Mi hija no fue la única», me dijo. Para el resto de los niños y niñas de Londres, «quiero un cambio real».
El pasado mes de diciembre, durante la segunda investigación, Holgate comparó a Ella con «el canario de una mina de carbón». Declaró que Ella había sufrido más de dos años de continuas «experiencias cercanas a la muerte» antes de sucumbir. El forense dictaminó que la contaminación atmosférica –que cerca de la casa de Ella superaba los límites legales británicos– había contribuido a su muerte. Por una vez se ponía cara a los siete millones de vidas que cada año siega el aire irrespirable. Y era la cara de una niña preciosa.
Vamos a contarte qué ver en Murcia en 1 ó 2 días, una ciudad sorprendente, acogedora, inesperada y con una gastronomía buena, bonita y barata gracias a los productos de primera calidad de su huerta.
El lema de la capital murciana es «donde se ensalza y ama lo antiguo y lo nuevo» y ciertamente han dado en el clavo. Es una urbe que tiene muy presente su pasado, pero que mira hacia al futuro a la hora de seducir al viajero.
Además, la capital murciana tiene un clima extraordinario todo el año, ideal para perderte por su centro histórico, caminar por sus plazas y calles peatonales o disfrutar de la buena vida en alguna de sus terracitas. Te invitamos a derribar tabúes y que te animes a descubrir Murcia, una ciudad fascinante y repleta de lugares para visitar que no te imaginas.
Lugares que visitar en Murcia imprescindibles
Murcia es el destino ideal para una escapada de pocos días y tiene muchos argumentos para todo tipo de público y edad.
Para nosotros es uno de los secretos mejor guardados de España, pues tiene alicientes de sobra para gente que busca un rico patrimonio cultural e histórico, deliciosa gastronomía o ambientazo nocturno.
Se trata de una ciudad viva y con un clima envidiable casi todo el año. Para que organices tu visita vamos a recomendarte los lugares imprescindibles que visitar en Murcia:
Catedral de Murcia
Empezamos con esta escapada por Murcia en la plaza del cardenal Belluga. Lo que más llama la atención a simple vista es la Santa Iglesia Catedral de Santa María, conocida popularmente como Catedral de Murcia.
Se trata de una obra colosal que tardó más de cinco siglos en estar terminada, así que el resultado es una mezcla de estilos realmente fascinante. Su torre principal mide 90 metros y es un icono muy reconocible que lo convierte en un punto de partida perfecto para empezar a explorar la ciudad.
Sus alrededores son peatonales y están repletos de barecitos y restaurantes. Sus tres puertas son espectaculares, pero la fachada principal diseñada por Jaime Bort es una joya del barroco.
En la misma plaza del cardenal Belluga también se encuentra el imponente Palacio Episcopal que contrasta con el contemporáneo Edificio Moneo.
El Real Casino de Murcia
El Real Casino es otro de los lugares imprescindibles que ver en Murcia. Está ubicado en la emblemática calle Trapería y su mezcla de estilos es fascinante.
Pasear por sus salones es una clase magistral de arquitectura y diseño, pues hay estancias que recuerdan a lugares tan mágicos como la Alhambra de Granada, los Museos Vaticanos o Versalles.
Otro de los lugares turísticos de Murcia que más nos gustaron mucho fue el Museo de Santa Clara. El edificio forma parte del real monasterio de religiosas clarisas desde 1365, aunque antes acogió entre sus muros a emires musulmanes y monarcas castellanos.
La alberca árabe del siglo XIII es uno de sus puntos más destacados, un oasis de paz y tranquilidad en medio de la ciudad.
Sin embargo, tiene muchos alicientes como una colección de enseres de varios siglos entre los que sobresale El Flautista, una pieza de arte islámico muy singular ya que tiene un rostro representado… algo nada habitual.
El convento es visitable en un 80%, pues todavía está habitado por seis hermanas clarisas de clausura.
Ayuntamiento de Murcia y Palacio Almudí
En la Plaza de la Glorieta de España podrás observar el Ayuntamiento de Murcia, un edificio necoclásico pintado de un color rojizo inconfundible.
Muy cerca queda el Palacio Almudí que alberga el archivo de la ciudad, aunque antiguamente fue una alhóndiga en la que se almacenaba el grano.
Puente Viejo y los Jardines del Paseo del Malecón
Muy próximo al Palacio Almudí puedes encontrar otro de los iconos de Murcia, el Puente Viejo o Puente de los Peligros en el que la gente se santiguaba ante la imagen de la Virgen de los Peligros para evitar que una riada se los llevara por delante.
Justo enfrente se divisa la pasarela del Malecón de Javier Manterola que enlaza con los Jardines del Paseo del Malecón y que en cierta medida han servido para que la ciudad vuelva a mirar a la ribera del Segura.
Es una zona ideal para pasear, ir en bici o practicar deportes… incluso se alquilan barquitas para remar sobre el río.
Mercado de Verónicas de Murcia
También es un verdadero espectáculo para todos los sentidos pasear por el Mercado de Verónicas.
Se trata de uno de los mejores lugares de Murcia a nivel gastronómico, especialmente porque en sus puestos lucen orgullosos los coloridos frutos de la huerta murciana. Hay género de primera, así que cuidado si vas con hambre… podría ser tu perdición.
Shopping por las Calles Platería, Trapería o Jabonerías
Casi sin querer acabarás paseando por las calles Platería, Trapería o Jabonerías, algunas de las más singulares del casco histórico de la ciudad pero también las más interesantes para ir de shopping junto a la Gran Vía.
Harán las delicias de los amantes de las compras gracias a la cantidad, calidad y variedad de tiendas. Siempre están muy animadas.
El Teatro Romea de Murcia y la plaza de Julián Romea
Otro de los iconos que tienes que visitar en Murcia es si increíble Teatro Romea en la plaza de Julián Romea. Si te fijas en su fachada ecléctica observarás bustos que representan a figuras universales como Beethoven, Mozart y Listz.
Las obras más importantes del circuito español se representan en este edificio que cuenta con uno de los escenarios más demandados por los artistas… ya que, al parecer, les trae mucha suerte.
Plaza de las Flores de Murcia
Y no te puedes ir de Murcia sin experimentar de primera mano el ambientazo que suele haber en la Plaza de las Flores y sus calles adyacentes.
Terracitas, bares y restaurantes que suelen estar a tope y donde puedes tomarte una cervecita mientras ves la vida pasar. Eso sí, acompañada de unos caballitos, unas marineras o una ensalada de tomate con ricas salazones. ¡Imprescindible!
La Semana Santa y el Entierro de la Sardina
Y si hay algo que no te puedes perder de Murcia son dos de sus fiestas más importantes (cuando se retomen tras la pandemia de COVID-19): la Semana Santa y el Entierro de la Sardina.
La Semana Santa de Murcia nos sorprendió muy gratamente por su cercanía. Creemos que no hace falta que seas creyente para disfrutar de ella, sino que se puede vivir desde muchas perspectivas distintas.
Disfrutar de las tallas del escultor barroco español Francisco Salzillo y de procesiones tan emotivas como la de los Coloraos, los Salzillos o la del Silencio merece mucho la pena.
En cuanto al Entierro de la Sardina de Murcia tenemos que decir que es una de las fiestas más divertidas, peculiares e indescriptibles de cuantas se celebran en España.
Tras disfrutar de ella en familia nos hemos preguntado cómo es posible que no hubiéramos visitado antes esta curiosa mezcla de Carnavales, Cabalgata de Reyes Magos y espectáculos callejeros que nada tienen que envidiar a algunas funciones del Circo el Sol.
Guía para preparar tu escapada a Murcia de 1 ó 2 días
¿Cómo llegar a Murcia?
La ciudad de Murcia no dispone de aeropuerto en el municipio, pero tiene relativamente cerca el Aeropuerto Internacional Región de Murcia, popularmente conocido como Aeropuerto de Corvera, a tan sólo 25 kilómetros y el de Alicante a unos 70 kilómetros.
Desde Corvera hay un autobús que en unos 30 minutos te acerca la estación de autobuses de San Andrés en el centro de Murcia. Desde el aeropuerto de Alicante hay un autobús directo y sin paradas que que cuesta 5,22 euros.
En tren tienes muchas combinaciones para llegar hasta la estación de Murcia del Carmen. Desde Madrid, por ejemplo, hay varios Altaria al día que cubren el trayecto en unas 4 horas y 20 minutos. Esperamos que la ciudad cuente pronto con trenes de alta velocidad, cuya legada se ha retrasado a 2022.
Murcia, uno de nuestros 25 destinos imprescindibles para viajar por España con niños
Como siempre la estancia en la ciudad dependerá del tiempo del que disponga cada viajero. Murcia es el séptimo municipio más poblado de España, pero a pesar de sus dimensiones tiene un centro urbano realmente acogedor y muy fácil de recorrer.
Casi todos los puntos de interés se encuentran muy próximos entre sí por lo que uno o dos días puede ser un periodo razonable para tener una primera toma de contacto con la capital murciana.
Uno de los grandes alicientes de Murcia respecto a otros lugares de España es su extraordinario clima y su luz. Excepto en los meses de verano donde hace mucho calor, el resto del año goza de una temperatura espectacular y eso se nota mucho en el gran ambiente que hay en sus terrazas y calles o en el carácter afable de sus habitantes.
¿Es cara la vida en Murcia?
En el tema de los precios hay cosas que nos sorprendieron muy gratamente, como por ejemplo la gastronomía, los transportes e incluso los alojamientos.
Pese a ser capital de la Región de Murcia, los servicios de la ciudad gozan de una relación calidad-precio realmente fascinante.
¿Qué comer en Murcia?
No exageramos un ápice si decimos que en Murcia se come de maravilla. Y además, es de esos lugares donde es fácil comer bueno, bonito y barato. Su cercanía con la huerta y el mar provocan que las materias primas con las que se trabajan en los fogones murcianos sean excepcionales.
Lógicamente las hortalizas son espectaculares y algo tan sencillo como disfrutar de un tomate con aceite se convierte en un verdadero placer.
También merece la pena probar las mojamas, salazones y huevas o los arroces. No obstante, lo que más te va a sorprender es una serie de platos típicos con nomenclaturas que sólo escucharás en Murcia.
Desde las sencillas marineras (tapa de ensaladilla con una anchoa) a los zarangollos (revuelto con calabacín y cebolla), pasando por los michirones (un guiso elaborado con habas) o los paparajotes de postre. Hay muy buenos restaurantes y bares en las postrimerías de la Catedral o en la Plaza de las Flores.
¿Dónde alojarse en Murcia?
Con más de 400.000 habitantes y siendo el epicentro de la Región de Murcia, la ciudad cuenta con una oferta de alojamientos bastante aceptable, ya que además es una de las referencias a nivel nacional en cuanto a turismo de congresos se refiere.
En ese sentido, goza de un amplio abanico de hoteles de 4 y 3 estrellas, aunque también de apartamentos turísticos y un camping para presupuestos más ajustados. Aún así los precios de los hoteles son muy competitivos.
¿Qué lugares te quedaste con ganas de ver en Murcia?
Aunque hemos estado varias veces en Murcia no nos ha dado tiempo a ver todos sus atractivos, especialmente los que están en los alrededores de la ciudad. Cuando termina el viaje siempre hay alguien que te recomienda algún lugar que no visitaste y da un poco de rabia, pero siempre hay que dejar algo para la próxima visita.
Nos quedamos con muchas ganas de subir al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, ya que nos chivaron que desde allí hay unas vistas estupendas de la huerta y la capital.
También nos quedó pendiente el Monasterio de los Jerónimos emplazado en la pedanía de Guadalupe.
Además, se nos quedó en el tintero una visita al Castillo de Monteagudo, a unos 5 kilómetros de la ciudad o el Museo Salzillo, ya que al visitar la urbe durante la Semana Santa de Murcia permanecía cerrado. La suerte es que pudimos ver la mayoría de las tallas de Francisco Salzillo en las procesiones. También el Museo de la Ciencia y el Agua.
¿Cómo moverse por Murcia?
El precioso centro urbano de Murcia es una invitación a recorrer la ciudad a pie. De hecho, nosotros no utilizamos otro medio de transporte para desplazarnos, pues se trata de una localidad prácticamente llana y con la mayoría de atractivos muy próximos entre sí.
Quizás para desplazarse desde la estación de Murcia del Carmen al centro puedes pillar un autobús urbano o un taxi por muy pocos euros.
Ahora ya sabes qué ver en Murcia en 1 ó 2 días. ¿Nos recomiendas otros lugares imprescindibles que visitar en la capital murciana?
Esperamos que te haya gustado esta guía con planes y experiencias recomendadas para hacer en 2021 en esta bella ciudad. Para cualquier duda nos puedes escribir un comentario. No obstante, tienes mucha más información en la web de Turismo de Murcia.