viernes, 21 de enero de 2022

Viajes. La épica ascensión al K2 por un equipo nepalí

Engullido por el vacío de la noche, Mingma Gyalje Sherpa trató de alumbrar el camino que tenía ante sí con el tembloroso círculo de luz de su linterna frontal, pero el frío le impedía pensar con claridad. Vestido con un grueso mono de plumas, una chaqueta de plumas por debajo, más dos capas de ropa interior larga, y respirando oxígeno de botella, debería estar bien. Pero en todas las cumbres que había coronado, en todas las ventiscas y gélidas tormentas que había soportado, jamás había sentido una temperatura como aquella, un frío penetrante, sobrenatural.

Sus nueve compañeros nepalíes y él soportaron unos vientos imprevisibles, unas temperaturas bajo cero y numerosos peligros para alcanzar el exigente pico en la época en que las condiciones son más extremas. Fue una hazaña que muchos habían dado por imposible. Nims elevó aún más la dificultad al ascender sin oxígeno.

Notaba el organismo al borde del colapso. Su lado izquierdo soportaba el embate de un viento formidable, y cada ráfaga lo acribillaba con zarcillos de hielo que traspasaban todo cuanto llevaba puesto. Pero lo que más le preocupaba era el pie derecho. Había sentido hormigueo, luego ardor y finalmente entumecimiento, síntoma previo a una congelación grave. Aquello, lo sabía muy bien, era señal de que su cuerpo estaba priorizando el flujo sanguíneo hacia los órganos vitales, sacrificando las extremidades para preservar el tronco. Y ni siquiera había entrado todavía en la llamada «zona de la muerte» –la región situada por encima de los 8.000 metros–, donde la escasez de oxígeno puede provocar alucinaciones, edema pulmonar y la pérdida del instinto de autoconservación.

Mingma G. –así le llaman– apretó el botón de la radio, decidido de pronto a dar la vuelta. «¿Dawa Tenjin? ¿Dawa Tenjin?», llamó, sin recibir más respuesta que el aullido del viento. Distinguía a medias las luces tenues de varios compañeros que, un poco más arriba, avanzaban a duras penas en una fila discontinua. Pensó que debían de estar todos demasiado concentrados en lo que tenían entre manos, o quizá demasiado inmersos en su propio sufrimiento, para responder.

El campo hace las veces de centro logístico y estación de descanso entre las ascensiones, pero las brutales condiciones suelen convertir la estancia en un infierno.

Aun en los meses de verano, más clementes, el K2, que con 8.611 metros de altitud es el segundo pico más elevado de la Tierra, es una de las montañas más letales. Aunque tiene 238 metros menos que el Everest, alcanzar su cima exige un nivel técnico muy superior, con un margen de error casi nulo. Tras fracasar en el intento de coronar el K2 en 1953, el alpinista estadounidense George Bell declaró: «Es una montaña despiadada que intenta matarte». La descripción cuajó, en parte porque por cada cuatro escaladores que logran coronar y descender, un quinto no vive para contarlo.

Pero aquel día, casi cuatro semanas después del solsticio de invierno, cuando la inclinación de la Tierra aleja al máximo el hemisferio Norte del vivificante calor solar, en la montaña se registraban unas de las condiciones más extremas del planeta. En las cotas más altas la sensación térmica puede desplomarse hasta los -60 ºC, más o menos la temperatura media de Marte.

Sin embargo, era el momento con el que Mingma G. llevaba tanto tiempo soñando. Mientras golpeaba como buenamente podía el entumecido pie derecho contra el hielo en un intento desesperado de evitar la congelación, sabía que parte de sus compañeros estaban fijando tramos de cuerda a la montaña con una batería de tornillos de hielo, pitones y estacas, habilitando una ruta segura para avanzar hacia la cima.

Muchos montañeros de Nepal habían participado en ascensiones pioneras, pero ningún equipo exclusivamente nepalí se había anotado una primera ascensión histórica en solitario.

La mayoría de los montañeros expertos consideraría una auténtica locura la idea de escalar el K2 en invierno. Seis expediciones bien preparadas habían intentado tamaña gesta, y ninguna se había acercado ni remotamente a la cumbre. Daba la impresión de que los obstáculos eran demasiados: rachas impredecibles de viento huracanado capaces de arrastrar en un instante a una cordada de alpinistas, desprendimientos de roca y hielo que impactaban como fuego de artillería, un aire enrarecido en el que no se podía respirar ni pensar, y aquel frío extremo, inmisericorde. Hasta los equipos más decididos y experimentados se habían venido abajo en unas condiciones tan brutales, destruidos por conflictos personales y problemas de liderazgo a consecuencia de la presión y el peligro al que estaban sometidos.

En los últimos meses de 2020 llegaron al pie del K2, sobre el remoto glaciar Godwin Austen, en el lado paquistaní de la cordillera del Karakorum, unos 60 escaladores deseosos de hacerse con el último trofeo pendiente del montañismo de gran altitud, en opinión de muchos el más complicado de todos. Pero para Mingma G. y sus nueve compañeros de equipo, nepalíes todos ellos, la expedición ofrecía más que gloria personal. Era la ocasión de demostrar que Nepal, una nación conocida por tener algunas de las montañas más altas del mundo, era capaz de lograr lo que muchos creían imposible.

En aquel momento, mientras analizaba su situación, Mingma G. veía la esquiva cumbre del K2 a un tiro de piedra. ¿Pero a qué precio? Sabía por experiencia que una lesión grave podía cambiar su vida para siempre. Su padre, también guía de montaña, había perdido por congelación ocho de los dedos de las manos al quitarse los guantes para atar los cordones a un cliente extranjero en el Everest. ¿Y si uno de sus compañeros de equipo perdía una extremidad o incluso la vida? ¿Habría valido la pena hacer cumbre? Para Mingma G. y los miembros de la expedición, plenamente conscientes de los riesgos y del frío mortal que les helaba los huesos, la respuesta era unánime.

A la izquierda, Nirmal «Nims» Purja y Mingma Gyalje Sherpa, a la derecha.

En 2020, el concepto de hazaña pionera del montañismo parecía un anacronismo. A mediados del siglo pasado ya estaban conquistadas todas las grandes cumbres del planeta, las 14 montañas que superan los 8.000 metros. La primera fue el Annapurna I nepalí en 1950, a la que siguieron el Everest y el Nanga Parbat paquistaní en 1953; las demás se fueron conquistando una tras otra, hasta que en 1964 se cerró la lista con el Xixabangma tibetano.

Fue una carrera frenética de envites nacionalistas y, aunque todas aquellas montañas estaban en Asia, fueron equipos europeos los que conquistaron la mayoría de esas cimas. Pese a que prácticamente todas las expediciones de aquella época dependieron de grupos étnicos locales, como los sherpas, tibetanos y baltis que transportaban el material a los campos base y porteaban las cargas montaña arriba, las genuinas aportaciones de estos colaboradores indispensables rara vez quedaron reconocidas en los libros de historia.

Alcanzadas aquellas cumbres emblemáticas, el alpinista polaco Andrzej Zawada se planteó un nuevo reto. Todos los ochomiles se habían escalado en verano, cuando las condiciones son más favorables. Más difícil, razonó, sería hacer cumbre en invierno, la estación más dura. Zawada dirigió una expedición que puso a dos escaladores en la cima del Everest en el invierno de 1980, colocando así a Polonia en una sucesión histórica de conquistas invernales. Uno tras otro fueron cayendo los ochomiles, pero las cimas paquistaníes se resistieron con obstinación a los alpinistas invernales hasta bien entrado el siglo XXI. Ubicada ocho grados de latitud más al norte que los picos nepalíes, la cordillera del Karakorum es notablemente más fría y ventosa en invierno. Hicieron falta 31 intentos para que el Nanga Parbat se diese por conquistado en 2016; ya solo faltaba el K2.

Aunque en los medios generalistas queda eclipsado por el Everest, el K2 es considerado por los montañeros serios como un reto muchísimo mayor, en parte por su ubicación tan remota. Cuando en 1856 los británicos llevaron a cabo los primeros levantamientos topográficos del Karakorum, reemplazaron las designaciones de sus picos por topónimos autóctonos. El K1, por ejemplo, era conocido por los lugareños como Masherbrum. Pero como el K2 no es visible desde el pueblo más cercano –Askole, a una semana de travesía a pie desde la base del pico–, no tenía nombre.

Tras cuatro días de caminata por un terreno agreste, la silueta del K2 hace su aparición desde el sur, con su icónica forma piramidal cual punta de flecha que señala el cielo. Los escaladores perciben al instante su pronunciada inclinación, especialmente cerca de la cumbre, lo que significa que el más mínimo error se castiga con consecuencias casi fatales. Si te tropiezas con los crampones o te enganchas por equivocación a una cuerda fija en mal estado, es poco probable que tu caída se detenga antes de que te estrelles contra el glaciar, situado miles de metros más abajo.

El mal tiempo obligó a los montañeros a pasar semanas cobijados en el Campo Base, pero la predicción de una mejoría les infundió la esperanza de que podrían hacer historia.

Dado que el margen de error se reduce todavía más en invierno, el éxito –la supervivencia, en realidad– estriba en la logística: planearlo todo para las peores condiciones. Los grandes picos como el Everest y el K2 rara vez se escalan siguiendo un camino unidireccional hacia la cima. En lugar de eso, los equipos suelen subir y bajar para ir aclimatándose a altitudes cada vez mayores mientras van instalando una línea de cuerdas fijas y campamentos abastecidos con material crucial, como botellas de oxígeno, tiendas y cuerdas. En los últimos años se ha impuesto un estilo de alpinismo más rápido y ligero, pero el K2 en invierno requiere un esfuerzo colectivo a la antigua: cada individuo debe transportar varias cargas pesadas por un terreno peligroso, lo que exige un trabajo de equipo a la vieja usanza.

Mingma G. mide 1,75 metros, una talla considerable para un sherpa. Tiene 33 años, es ancho de espaldas y tiene una abundante melena que le roza los hombros. Cuando habla, te mira a los ojos y va al grano, lo que añade peso a sus palabras.

Creció en Rolwaling, un valle angosto al oeste del Everest. Está lejos del bullicioso valle del Khumbu, pero de Rolwaling han salido algunos de los guías sherpas más reputados. Mingma G. se crio oyendo contar a su padre y a sus tíos, todos ellos guías de montaña, historias sobre el Everest alrededor del fuego de la cocina en las frías noches de invierno. Las hazañas que relataban no se referían a los alpinistas extranjeros que cada primavera llegaban en masa a Nepal, sino a héroes autóctonos como Pasang Lhamu Sherpa, quien en 1993 se convirtió en la primera mujer nepalí que coronaba el Everest y que murió en el descenso, y su primo hermano Lopsang Jangbu Sherpa, que ayudó a los escaladores en el desastre de 1996 del que se hizo eco el libro Mal de altura y que falleció trágicamente cuatro meses después.

En 2006, cuando Mingma G. tenía 19 años, su tío se lo llevó a su primera expedición al Manaslu. Al año siguiente Mingma G. coronó el Everest mientras trabajaba para un operador francés, y en 2011 ya organizaba y dirigía sus propias expediciones. Fueron años difíciles. Entre 2001 y 2008, Nepal se vio sumido en una violenta insurrección maoísta, lo que alejó a muchos alpinistas internacionales. La competencia para guiar a los pocos que se atrevían a viajar a Nepal era intensa.

En la temporada de invierno de 2019-2020, Mingma G. improvisó su propio intento de anotarse el primer ascenso invernal del K2 con tres clientes de pago. Vivir en el Campo Base –situado a 4.960 metros de altitud– fue un suplicio. «Si lavábamos la ropa, tardaba más de una semana en secarse a menos que la pusiésemos delante del hornillo o de la estufa de gas», escribió al periodista de montaña Alan Arnette.

Al poco de llegar al Campo Base, contrajo una infección de las vías respiratorias altas y tuvo que retirarse de la expedición. Pero pronto estaba pensando en volver a intentarlo.

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Y entonces llegó la COVID-19. Decenas de miles de guías, porteadores y cocineros se quedaron sin trabajo en todo el Himalaya. A las pocas semanas de volver del K2, el calendario anual de escaladas guiadas de Mingma G. desapareció de un plumazo, quedándose sin ingresos y con una pequeña empresa que sostener. Intentó convencer a algunos amigos para que se sumasen a un nuevo intento de coronar el K2, pero nadie quería pagar los 10.000 dólares que costaba tan solo el permiso para ascender hasta el Campo Base, más otras decenas de miles que exigía la organización de una expedición modesta.

Mingma G. se planteó abandonar la idea, pero tenía clavada una espinita. El sherpa Tenzing Norgay fue uno de los dos primeros humanos que pisaron la cumbre del Everest y, aunque es un héroe nacional cuya foto se exhibe con orgullo en innumerables hogares nepalíes, hubo de compartir aquel mérito con el neozelandés Edmund Hillary. En otras ascensiones pioneras también habían estado presentes montañeros nepalíes, pero ninguno había completado una primera ascensión histórica por su cuenta.

«Busqué en Wikipedia y constaté que no había ninguna bandera nepalí en la lista de primeras ascensiones de ochomiles en invierno –recuerda Mingma G.–. Me di cuenta de que si perdíamos el K2, nos habríamos quedado sin ochomiles».

Sabía que tendría que gastarse el dinero, aunque eso significase hipotecar el terreno que había comprado en Katmandú, y que constituía el grueso de su patrimonio. Consiguió convencer a dos hermanos, Kilu Pemba y Dawa Tenjin Sherpa, ambos mayores que él, con esposas, hijos adolescentes y décadas de experiencia en la alta montaña.

Pero sus familias tenían sus reservas. «Me costó convencer a las esposas de Kilu Pemba y Dawa Tenjin», recuerda Mingma G., que sigue soltero.

Había otro problema. Tras años de expediciones ininterrumpidas y las exigencias de llevar su propio negocio, Mingma G. descubrió algo con lo que un sherpa nunca habría contado: estaba en baja forma. Mientras esperaba en Katmandú a que se amortiguase la pandemia, una familiar empezó a insistirle para que saliese a hacer senderismo y rutas ciclistas. «Adelgacé mucho y empecé a recobrar la fuerza», dice.

Mingma G. no era el único sherpa con las miras puestas en el K2. Tres hermanos –Mingma, Tashi Lakpa y Chhang Dawa Sherpa, principales propietarios de Seven Summit Treks– comprendieron que Pakistán era uno de los pocos destinos de alpinismo todavía abiertos en las altas montañas de Asia.

Con unas tarifas inferiores a las de los operadores occidentales, Seven Summit Treks se había consolidado como una de las mejores empresas de expediciones de propiedad sherpa y cada temporada hacía subir al Everest uno de los grupos más nutridos. Ese mes de marzo, en vista del catastrófico año de cancelaciones, Seven Summit preguntó en las redes sociales si habría algún cliente interesado en una expedición invernal al K2. Enseguida se llenaron las reservas y se formó un grupo con alpinistas de Rusia, España, Irlanda, Turquía y el Reino Unido.

Los escaladores estaban a salvo, pero perder el campamento fue un duro golpe. «Estoy destrozado –publicó Nims en Instagram desde el Campo Base–. Ahora tengo que replantearlo todo».

El 21 de diciembre de 2020, el primer día del invierno, Mingma G. y sus dos compañeros de equipo emprendieron la ascensión del K2. Pocos días después estaban acampados a 6.900 metros de altitud, bajo una zona conocida como la Pirámide Negra, una masa prácticamente vertical de roca quebradiza, el primer gran desafío técnico. Se necesitaría una jornada entera de escalada de precisión con mochilas pesadas para llegar al Campo III, la plataforma de lanzamiento para cualquier intento serio de hacer cumbre. Pero había un problema: les faltaba cuerda.

Mingma G. sabía que había varios equipos aclimatándose en los campamentos inferiores, entre ellos otro grupo nepalí dirigido por un excéntrico exsoldado de las fuerzas especiales reconvertido en escalador, Nirmal (apodado «Nims») Purja. Mingma G. y Nims ya habían coincidido antes. «No nos presentaron formalmente, simplemente nos dimos la mano en una ocasión y yo le dije: "Soy Mingma G." […]. Él no necesitaba decir cómo se llamaba».

Eso fue en el año 2019, cuando Nims estaba en medio de una maratón que lo llevaría a escalar los 14 ochomiles del mundo en seis meses y seis días. Los medios de comunicación se habían hecho eco de la noticia, y Nims pasó de ser relativamente anónimo a una estrella de las redes sociales.

Lo cierto es que los dos hombres no podían evitar sentir cierta rivalidad. Ambos eran líderes de primera en su plenitud física, expertos en una de las actividades más peligrosas del mundo. Pero sus caracteres eran el día y la noche: Mingma G. era reservado y serio; Nims, descarado y divertido y, fiel a su estilo, había anunciado a sus seguidores de las redes sociales su decisión de anotarse la primera ascensión invernal del K2.

Así y todo, Mingma G. pensó que no perdía nada en llamar por radio y preguntar a Nims si tendría algo de cuerda de sobra. El equipo de este acababa de llegar a la montaña y los hombres todavía no estaban aclimatados, pero se ofrecieron igualmente a subirle un poco. A la mañana siguiente, los dos equipos compartieron té y charla en el campamento instalado al pie de la Pirámide Negra y descubrieron que ninguno de los grupos incluía clientes extranjeros. Todos querían el K2 para sí mismos.

Al día siguiente bajaron todos hasta el Campo Base para recuperarse. El cielo gris parecía anular el color del glaciar, y un viento pertinaz hacía volar cristales de hielo entre las tiendas de campaña. Era 31 de diciembre, y un pronóstico meteorológico adverso indicaba que tocaba descansar, si eso era posible en un lugar tan inhóspito.

Esa noche Nims se acercó a la tienda comedor de Mingma G. para invitar al equipo rival a una fiesta de Fin de Año. Al principio Mingma G. no tenía ganas de ir, pero Nims envió a dos compañeros de equipo para convencerlo.

Sin la indumentaria de alta montaña, Nims tiene una figura juvenil, con unas mejillas tersas y una barba rala que no casan con sus 37 años de edad. El exsoldado se enorgullece de estar siempre preparado. «Es algo que se aprende en el ejército –dice, salpicando su discurso con coloquialismos de pub inglés–. Siempre hay un plan alternativo. Si es que yo hago planes alternativos hasta para los planes alternativos, tío». Cuando el equipo de Mingma G. llegó a la fiesta, a Nims le faltó tiempo para abrir una botella de whisky.

«Cuando nos la acabamos ya estábamos un poco alegres –recuerda Mingma G.–. Y entonces Nims abrió otra, y luego otra, y otra». Pronto todo el mundo estaba bailando y charlando sobre la meteorología y el plan.

A punto de alcanzar la cima, los 10 nepalíes entrelazaron los brazos y subieron la pendiente final para completar juntos la histórica ascensión.

Nims no es sherpa, sino magar, una etnia de los macizos centrales de Nepal. Se crio en Chitwan, un distrito de baja altitud más famoso por sus elefantes y tigres que por las montañas nevadas. A los 18 años se alistó en los gurkas, un regimiento militar británico de soldados nepalíes que resiste como vestigio del Imperio británico. Ser guía de montaña y alistarse en los gurkas son dos de las mejores oportunidades profesionales para los nepalíes ambiciosos: los gurkas cobran como un militar británico y tienen derecho a nacionalizarse como ciudadano británico.

Tras seis años en los gurkas, Nims se incorporó al Servicio Especial de Barcos, una unidad equivalente a los Navy SEAL estadounidenses. «Bueno, digamos que he estado destacado en zonas sensibles, dejémoslo ahí», decía en una entrevista de 2019. Pero en el libro que acaba de publicar, habla de sus experiencias castrenses, entre ellas un tiroteo en el que recibió un disparo en la cara.

«En las fuerzas especiales haces unas cosas que […] te sientes invencible –reflexiona Nims–. Pero después me fui a la montaña y me quedó bien claro que la naturaleza te pone en tu sitio». En 2019 dejó el ejército para dedicarse profesionalmente al montañismo y cumplir un sueño: coronar los 14 ochomiles en siete meses. La idea ya se había planteado antes, pero era la primera vez que alguien aceptaba el reto en serio.

Nims bautizó su propósito con el nombre de Proyecto Posible y reclutó a un equipo de guías nepalíes de élite para que lo ayudasen a diseñar las rutas y escalasen con él. Tras coronar una montaña ponía inmediatamente rumbo a la siguiente, a veces en helicóptero, lo que le permitía continuar aclimatado a la altitud. Recurría sin reparos a la botella de oxígeno y en algunos lugares se ayudaba de cuerdas fijadas por otros equipos, lo que según los puristas devaluaba sus logros.

Ahora, más de un año después, en su equipo del K2 había un veterano de aquel grupo, Mingma David Sherpa, un ágil guía de 31 años que hace las veces de lugarteniente de Nims. El decano del nuevo equipo era Pem Chhiri Sherpa, un sherpa de Rolwaling que a sus 42 años atesoraba dos décadas de experiencia en el Everest. Nims también reclutó a Dawa Temba Sherpa y a Mingma Tenzi Sherpa, montañeros con una dilatada carrera en ambos casos. El último miembro del equipo era el más joven: Gelje Sherpa, un guía de 28 años con un contagioso sentido del humor.

Mientras Gelje contaba chistes y pinchaba música en la fiesta de Fin de Año, empezó a cuajar una idea entre los dos equipos: ¿por qué no unir fuerzas? Tal y como recuerda Pem, las ventajas eran obvias: «Aceleraba el trabajo, y empezamos a colaborar. Al ser todos nepalíes fue más fácil».

Los sherpas que se dedican al montañismo tienen fama de ser por norma general personas apacibles que hacen gala de un marcado desapego budista para con los padecimientos de la vida, pero este oficio se cobra un alto precio. Además del dolor físico –quemaduras faciales por el frío, artrosis en las articulaciones y problemas crónicos de espalda–, todos habían perdido amigos y familiares en la montaña. Los últimos siete años habían sido especialmente crueles. En 2014 un alud en el Everest se llevó por delante a 16 de los sherpas más experimentados y paralizó la temporada de escalada, y en 2015 un terremoto mató a 19 personas en el Campo Base y a unas 9.000 en todo el país. Y ahora la pandemia acababa de tenerlos otro año entero en dique seco. También conocían la amargura que comporta un trabajo ingrato. «Pocos clientes extranjeros reconocen nuestra ayuda. Nos describen como simples porteadores anónimos o directamente hacen como si no existiésemos –dice Mingma G.–. Es como si se creyesen que no vamos a leer sus artículos».

A todo ello se sumaban unas crecientes tensiones, desde el momento en que los operadores nepalíes aspiraron a tener una participación mayor en el lucrativo negocio de los guías, durante años dominado por empresas extranjeras. «Nosotros somos de aquí y sabemos más que los guías extranjeros», afirma Mingma G. Admite que entre los operadores nepalíes existe una descarnada competencia, pero «el 90 % de los escaladores extranjeros solo se fían de empresas extranjeras».

Adjudicarse la primera ascensión invernal del K2 anunciaría a los cuatro vientos que los nepalíes pasaban a ocupar el lugar que les correspondía en el mundo del alpinismo, no solo en calidad de participantes, sino también de líderes. «Queríamos una primicia para nosotros, para la historia –explicaría Nims tiempo después–. Teníamos que formar equipo sí o sí».

Mingma G. se despertó el día de Año Nuevo con resaca. Pese a las temperaturas bajo cero, se había quedado dormido en la tienda sin meterse en el saco. Pronto oyó la voz de Nims, que por radio lo invitaba a volver a su campamento y tomar un té. Tenían que seguir detallando el plan.

«Lo hicimos por Nepal», declara Nims. Los montañeros cuyos nombres quedarán grabados en los anales del alpinismo son (fila superior, desde la izquierda) Pem Chhiri Sherpa, Mingma David Sherpa, Gelje Sherpa, Dawa Temba Sherpa, (fila central, desde la izquierda) Dawa Tenjin Sherpa, Nirmal «Nims» Purja, Mingma Gyalje Sherpa, Sona Sherpa, Kilu Pemba Sherpa, y (delante) Mingma Tenzi Sherpa.

A los sherpas les gusta decir que, para que un equipo de escaladores llegue a una cumbre y regrese sano y salvo, la montaña debe consentirlo. Por eso toda expedición al Himalaya empieza con una ceremonia de la puja, en la que se solicita a las deidades de la montaña permiso para escalar e implorarles un trayecto sin incidencias. Pero durante la primera quincena de 2021 quedó claro que el K2 no estaba dispuesto a recibir a ningún ser humano en su cima. Vientos de 160 kilómetros por hora azotaron la montaña durante días y las temperaturas se desplomaron muy por debajo de cero en el Campo Base, obligando a sus ocupantes a cobijarse en las tiendas.

Cuando el viento amainó ligeramente, el equipo de Nims hizo una rápida incursión al Campo II para revisar el material. «Todo destrozado», escribió Nims en Instagram. El material que habían dejado para el ataque a la cumbre –sacos de dormir, plantillas calefactadas para las botas, guantes de repuesto y gafas– había volado por los aires.

Pero el pronóstico meteorológico apuntaba a que el viento se calmaría a partir del 14 de enero. De regreso en el Campo Base repusieron con rapidez el material, y otro nepalí –Sona Sherpa, de Seven Summit Treks– se unió al grupo para ayudar a subirlo. Mientras tanto, Nims y Mingma G. reevaluaron su plan de ascensión. En lugar de pasar una gélida noche en el Campo IV, el tradicional campamento de altura situado a unos 7.600 metros de altitud desde el que se ataca la cumbre, los nepalíes proyectaban salir del Campo III y llegar a la cima en un solo día. Si todo salía bien –y era una apuesta arriesgada–, podrían coronar el día 15.

Algunos montañeros del Campo Base acusarían a posteriori a los nepalíes de ocultar su plan de llegar a la cima con un equipo puramente nacional, algo que Mingma G. no desmiente. «Cuando se juega el Mundial de fútbol, ¿alguien quiere que pierda su país? –explicó en una entrevista de ExplorersWeb–. Nadie, ¿verdad? Y el equipo y el entrenador jamás divulgan la estrategia para lograr ese objetivo. Pues esta vez nosotros hemos hecho lo mismo con el K2».

La tarde del día 13, cuando los nepalíes alcanzaron la cota de 7.000 metros, el secreto salió a la luz y varios grupos empezaron a ascender a su zaga. A la mañana siguiente, mientras aquellos equipos descansaban en un Campo II zarandeado por un viento feroz, los nepalíes siguieron avanzando hasta quedar justo por debajo del Campo III. «El tiempo fue un factor clave –recuerda Mingma G.–. Por debajo del Campo III soplaba un viento fortísimo; por encima la calma era total».

El día 15 Mingma G. y tres compañeros se dispusieron a fijar cuerda por encima del Campo III, en dirección a un tramo conocido como el Hombro. Cuando progresaban por unas laderas nevadas que parecían no tener fin, de pronto les cortó el paso un laberinto de grietas abiertas en el glaciar por las que podía colarse una persona. Justo antes de llegar al punto en que suele instalarse el Campo IV se toparon con una grieta enorme que los obligó a retroceder varias horas para poder rodearla. Era el tipo de contratiempo agotador y descorazonador que tantas veces lleva a los montañeros a abandonar una expedición, pero Mingma G. y sus compañeros siguieron adelante. Tras localizar un tramo de nieve compactada –un puente de nieve– que cruzaba el campo de grietas, pudieron fijar cuerdas hasta el mismo Hombro.

Regresaron al Campo III y se unieron al resto del equipo para descansar a duras penas unas horas. «Era un tipo de frío diferente. Daba mucha sed. Costaba digerir lo que comías», recuerda Gelje.

En algún momento después de la medianoche del día 16, el equipo empezó a prepararse para dejar el Campo III. Por primera vez todos se ajustaron la máscara de oxígeno para atacar la cumbre. Menos uno. Nims había decidido responder a sus críticos escalando la Montaña Despiadada en invierno y sin oxígeno, una hazaña histórica por partida doble… si es que lo lograba. «No estaba totalmente aclimatado. Empezaba a tener congelación en tres dedos –recuerda–. Si no sabes hasta dónde eres capaz de llegar, puedes dar al traste con toda la expedición».

En grupos reducidos, los alpinistas empezaron a ascender por las líneas de cuerdas que Mingma G. había fijado laboriosamente hasta el Hombro. Su denodado esfuerzo dio frutos. Lo que el día anterior había llevado ocho horas, lo salvaron en apenas tres y en plena oscuridad, pero se había levantado un viento atroz.

Sintiéndose solo y percibiendo que aparecía la congelación, Mingma G. estaba a punto de abandonar su intento de hacer cumbre. Cuando nadie respondió a su llamada por radio, recurrió a su última opción: patear el hielo para mantener los pies calientes. «Sorprendentemente, funcionó».

Los primeros rayos del nuevo día alcanzaron a la mayoría de los montañeros ya en el Hombro, tratando de entrar en calor. El viento amainó y, pese a las temperaturas todavía árticas, amaneció un día perfecto. Más arriba se vislumbraba el último gran obstáculo de la ruta, el Cuello de Botella, un corredor de hielo al pie de un serac (un bloque de hielo colgante). Más allá del corredor los escaladores encontrarían pendientes fáciles que los llevarían directos a la cumbre, pero si una parte del serac se venía abajo mientras alguno de ellos estaba en el Cuello de Botella, probablemente sería la muerte para quienquiera que se hallase por debajo. Como queriendo recordar a los escaladores aquel peligro, más abajo del corredor se distinguía un funesto campo de bloques de hielo del tamaño de un frigorífico desperdigados.

Mingma Tenzi y Dawa Tenjin guiaron al equipo a través del traicionero paso, fijando cuerdas tras de sí para que los demás las siguiesen. Conforme subían, caían corredor abajo rocas menudas que de vez en cuando impactaban contra el casco de alguien. Poco más podían hacer que continuar.

Cuando el grupo se aproximó a la cima, iba al frente Mingma Tenzi, un especialista en fijar cuerdas que tenía 36 años, una sonrisa alegre y un diente de oro. Guio al equipo en las últimas horas y podría haber llegado a la cima antes que los demás, pero se detuvo justo antes de pisarla.

Uno a uno, los montañeros fueron subiendo para unirse a él. Nims respiraba trabajosamente el aire gélido y enrarecido, haciendo dos o tres inspiraciones por paso. Cuando el sol arrancó unos destellos a la suave cresta de nieve que cubría el segundo punto más elevado del planeta, los escaladores se congregaron en un único grupo.

Hacer cumbre juntos había sido idea de Nims, y cuando los 10 se reunieron, enlazaron los brazos y emprendieron la subida. Poco a poco recuperaron la voz y, como en un sueño, llegaron a ellos las palabras del himno nacional nepalí:

Tejido con cientos de flores…

Chal de infinita riqueza natural…

Tierra de sabiduría y paz, las llanuras,

los montes y las montañas altas…

Indemne, esta amada tierra nuestra,

Oh, patria nuestra, Nepal.

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El escritor y guía de montaña Freddie Wilkinson escribió sobre la Expedición al Everest de la iniciativa Perpetual Planet de Rolex y National Geographic en el número de julio de 2020.

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Este artículo pertenece al número de Febrero de 2022 de la revista National Geographic.



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Viajes. Sudán, entre la revolución y un futuro incierto

Un lunes por la mañana de finales de octubre del año pasado, la última revolución de Sudán se derrumbaba por momentos.

Apenas habían transcurrido dos años y medio desde aquel abril de 2019 en que tres décadas de dictadura islamista de Omar al-Bashir llegaban a su fin. El Consejo Soberano cívico-militar de la nación se alejaba del legado del presunto criminal de guerra y de 30 años de represión, genocidio, sanciones internacionales y la secesión de Sudán del Sur.

Pero hacia el mediodía del 25 de octubre de 2021, semanas antes del programado traspaso de poder a manos civiles, un nuevo golpe de timón desvió el rumbo de la nación africana. El presidente del Consejo Soberano, el teniente general Abdel Fattah al-Burhan, disolvió el Gobierno y decretó el arresto domiciliario del primer ministro civil. (El primer ministro ha dimitido, dejando al país sin liderazgo civil). Habló de estado de emergencia, pero los sudaneses entendieron que se trataba de un golpe de Estado y cientos de miles se echaron a las calles de la capital, Jartum, y del resto del país.

Conocido como Kush o Nubia, este reino se presentó durante mucho tiempo como un mero apéndice del vecino Egipto.

Como no podría ser de otra forma en un cambio de régimen del siglo XXI, todo se vivió en tiempo real desde las redes sociales, y yo asistí a ello desde la otra punta del mundo sin apartar la vista de la pantalla del portátil. Llevaba atenta a Sudán desde antes de la revolución, cubriendo la labor de los becarios de National Geographic Society que trabajaban en los yacimientos arqueológicos del norte de Sudán. Mi primer artículo sobre el terreno lo preparé en los últimos y paranoicos meses del régimen de Bashir, una época marcada por la escasez de alimentos y de combustible, las restricciones en el acceso a internet y la proliferación de puestos militares de control. Nuestro equipo de expedición había diseñado discretamente una ruta de escape hasta la frontera con Egipto en caso de que Sudán se sumiera en el caos.

Cuando en la primavera de 2019 cayó el Gobierno de Bashir, las imágenes que corrían como la pólvora llamaban la atención: un mar de jóvenes desafiando pacíficamente al régimen, exigiendo un mundo distinto. Destacaba una escena: una joven vestida con el tradicional traje blanco sudanés, de pie sobre un automóvil, señalaba hacia el cielo crepuscular y coreaba con la multitud: «¡Mi abuelo es Taharqa, mi abuela es una kandaka!».

Me quedé boquiabierta. Aquella no era una consigna en favor de un colectivo político o de un movimiento social. Los manifestantes se identificaban como descendientes del antiguo rey kushita Taharqa y de las reinas y reinas madres kushitas, conocidas como kandakas. Aquellos antepasados reales rigieron desde el norte de Sudán los destinos de un gran imperio que en su día abarcó desde el actual Jartum hasta las costas del Mediterráneo.

Bajo la dictadura de Omar al-Bashir, el sistema educativo sudanés omitía o censuraba la historia no musulmana del país y sus raíces en el África subsahariana.

El imperio de Kush –también llamado Nubia– fue sin duda alguna fabuloso, pero había quedado reducido a un par de notas a pie de página en los libros de historia del antiguo Egipto. Incluso en el propio Sudán, pocos alumnos escolarizados durante el régimen de Bashir aprendían algo sobre el remoto Kush. ¿Cómo se explicaba entonces que el legado de un reino antiguo, poco conocido incluso en los círculos arqueológicos, y ya no digamos entre los sudaneses de a pie, se materializase de pronto en un lema coreado por los manifestantes en las calles de Jartum?

Cuando viajé de nuevo a Sudán en enero de 2020 para explorar estas cuestiones, la capital posrevolucionaria rezumaba energía. En Jartum, donde tan solo un año antes las mujeres podían ser azotadas en público por vestir pantalones, la juventud sudanesa bailaba en festivales de música y atestaba las cafeterías. Las vías públicas y los pasos subterráneos de la ciudad estaban decorados con retratos de mártires modernos –algunos de los aproximadamente 250 manifestantes asesinados en el transcurso y después de la revolución– y con murales de ancestrales reyes y deidades kushitas.

La historia de Kush fue expurgada por los antiguos egipcios, obviada por los exploradores europeos e ignorada por los estudiosos occidentales.

La ubicación única de Sudán en la intersección de África y Oriente Próximo, y en la confluencia de tres grandes afluentes del Nilo, hizo de esta tierra la localización perfecta para poderosos reinos antiguos, y la ha convertido en un territorio codiciado por imperios más recientes. En la Edad Moderna quedó bajo dominio otomano-egipcio, para luego pasar a manos británico-egipcias hasta 1956, fecha en que la República de Sudán declaró su independencia. Hoy su heterogénea población incluye más de 500 grupos étnicos que hablan más de 400 idiomas y se caracteriza por tener un elevado porcentaje de jóvenes: en torno al 40 % tiene menos de 15 años.

 Esta actividad se puede realizar después de que la revolución suavizase las restricciones que el islamismo imponía sobre la cultura popular y la vestimenta, incluidos los peinados modernos que ahora lucen muchos jóvenes en Sudán.

Por su tamaño, Sudán es el tercer país más grande de África, y la tercera nación árabe del mundo. (El topónimo procede del árabe bilād al-sūdān, que significa «tierra de las gentes negras»). Desde que se independizó, Sudán siempre ha estado regido por una élite política arabófona.

Antes de la revolución de 2019, tener un gobierno islamista y pertenecer a la Liga Árabe explicaba que al régimen de Bashir le interesase presentar a Kush no como un fenómeno netamente africano, sino como un legado de su poderoso aliado moderno, Egipto, y por extensión como un capítulo más de la historiografía de Oriente Próximo. Los vestigios kushitas como el yébel Barkal y El-Kurru se publicitaban como rápidas escapadas exóticas para los turistas occidentales que visitaban las ruinas de Abu Simbel, justo al otro lado de la frontera egipcia.

EL Yébel BarKal, el que fuera centro espiritual del reino kushita, es una colosal meseta de arenisca de 30 pisos de altura que descuella sobre el Sahara y domina la orilla occidental del Nilo en las inmediaciones de Karima, a unos 350 kilómetros al norte de Jartum. Hace unos 2.700 años, el rey Taharqa inscribió su nombre en la cima de esta montaña sagrada, chapándola de oro a modo de refulgente y triunfal mensaje a sus enemigos. Al ascender hoy a la cumbre solo se atisban vestigios de la inscripción. Al pie del macizo resisten las ruinas del Gran Templo de Amón, erigido originalmente por los egipcios que colonizaron Kush en el siglo XVI a.C. A lo largo de los cinco siglos que duró el dominio egipcio de Kush, el templo de Amón fue reconstruido y remodelado por los grandes nombres de los faraones del Reino Nuevo: Ajnatón, Tutankamón, Ramsés el Grande. La asimilación estaba a la orden del día, y durante aquella época las élites kushitas se formaban en escuelas y templos egipcios.

Las élites árabes musulmanas de Sudán monopolizan el poder desde hace mucho tiempo, pero los grupos relegados confían en que una nueva generación de sudaneses forje un futuro más inclusivo.

Los restos del templo de Amón que hoy admiran los visitantes, sin embargo, datan de una época posterior al colapso del Reino Nuevo y la decadencia de la hegemonía egipcia sobre Kush. En el siglo VIII a.C., el yébel Barkal se había convertido en el centro de Napata, la capital kushita desde la que una serie de líderes locales consolidaron el poder y viraron las tornas para sus antiguos colonizadores.

Piye, padre de Taharqa, ascendió al trono kushita en el año 750 a.C. Reunió sus huestes y con ellas marchó en dirección norte, hacia un Egipto debilitado, tomando templos y conquistando poblaciones hasta que se hizo con el Alto y el Bajo Egipto. Con un territorio que se extendía desde el actual Jartum hasta el Mediterráneo, Kush fue durante un breve período el imperio más vasto que controló la región. Durante algo más de un siglo, sus reyes Piye, Shabaka, Shabataka, Taharqa y Tantamani (o Tanutamón) encarnaron la XXV dinastía egipcia, llamada de los faraones negros.

A su triunfante regreso desde Egipto, Piye regresó al yébel Barkal y amplió el templo de Amón a una escala sin precedentes, decorándolo con escenas de la conquista kushita de quienes fueran sus colonizadores. Hoy, la historia de aquella conquista –con su plétora de carros de guerra kushitas aplastando a las tropas egipcias– yace bajo 4,5 metros de arena. Las pocas escenas que sobrevivieron al paso de los milenios fueron excavadas y documentadas arqueológicamente en la década de 1980. Al determinarse que eran demasiado frágiles para quedar expuestas permanentemente a los elementos, la mayor parte de ellas fueron enterradas de nuevo.

Una familia sudanesa de Karima visita las tumbas del cercano El-Kurru, donde en el siglo VIII a.C. fueron enterrados algunos de los primeros líderes kushitas.

¿Por qué hemos oído hablar tan poco de Kush? Para empezar, porque las crónicas historiográficas más antiguas sobre los kushitas son obra de los egipcios, quienes intentaron expurgar de los anales la humillante conquista que sufrieron y presentaron a Kush como uno más de los muchos grupos belicosos que alteraban la paz en sus fronteras.

Ese discurso fue aceptado sin mayor examen por los primeros arqueólogos europeos que llegaron a Sudán en el siglo XIX. Tras curiosear en los restos de templos y pirámides kushitas, afirmaron que aquellas magníficas ruinas no eran sino meras imitaciones de los monumentos egipcios.

Este concepto del reino africano se vio apuntalado por el racismo de la mayor parte de los eruditos occidentales. «La raza negroide nativa jamás desarrolló ni comercio ni industria alguna digna de mención, y debía su posición cultural a los inmigrantes egipcios y a la civilización egipcia importada», observaba George Reisner, arqueólogo de la Universidad Harvard que llevó a cabo las primeras excavaciones científicas de los templos y tumbas reales de Kush a principios del siglo XX.

Para el arqueólogo sudanés Sami Elamin, Reisner fue tan chapucero en el método como arbitrario en la interpretación. En 2014 Elamin y un equipo de arqueólogos cribaron un montículo de tierra extraída de la excavación de Reisner en la base del yébel Barkal. «Encontramos incontables objetos –dice Elamin–. Incluso estatuillas de deidades».

Elamin se crio en una aldea a escasos kilómetros del vecino yacimiento de El-Kurru, donde Piye y otros reyes y kandakas kushitas fueron enterrados. De niño, su abuelo lo llevaba a El-Kurru y le explicaba que aquellas ruinas eran «las tumbas de nuestros abuelos». Aquella experiencia inspiró a Elamin a estudiar arqueología en Jartum y hacer un posgrado en Europa. Hoy lleva varios años exca-vando en el yébel Barkal y otros yacimientos.

El papel de las mujeres sudanesas en la revolución de 2019 fue fundamental, pero muchas temen que su presencia quede diluida en futuros Gobiernos, ya sean civiles o militares.

Actualmente, él y un equipo de arqueólogos sudaneses y estadounidenses están tratando de localizar las viviendas y los talleres de los antiguos kushitas que durante milenios mantuvieron viva aquella capital espiritual. El yébel Barkal lleva un tiempo convertido en destino de moda entre los sudaneses, que en los días festivos suben la meseta y almuerzan a la sombra que proyecta sobre el desierto. Antes los visitantes apenas se fijaban en las ruinas que rodean el magnífico afloramiento de roca, explica Elamin. Pero eso está cambiando. «Ahora preguntan sobre los vestigios y la historia y la civilización a la que pertenecían», dice.

Elamin y sus colegas están encantados de conversar con sus compatriotas y mostrar este capítulo de la historia a una generación ávida de conocimiento. Como arqueólogos sudaneses, afirman, tienen la oportunidad y la responsabilidad de reunir a sus conciudadanos y mostrarles los logros de otras generaciones, por distantes que sean.

Ver más información en el mapa "Entre dos mundos"

Construido poco antes de que el país se independizase en 1956 e inaugurado 15 años más tarde, el Museo Nacional de Sudán es un espacio cavernoso y mal iluminado, sin climatización que proteja las piezas del calor y el polvo implacables de Jartum. La mayoría de los objetos se exhiben en anticuadas vitrinas de cristal y madera, con amarillentas etiquetas escritas a máquina. Pero está lleno de tesoros. Una estatua de granito procedente del yébel Barkal, un Taharqa a escala ampliada, domina la entrada, y enormes esculturas de los gobernantes kushitas flanquean la galería de la planta baja.

A la vuelta de la esquina de donde monta guardia Taharqa se expone una de las piezas más famosas del país: un brillante busto en bronce de César Augusto. Se cree que fue el trofeo de guerra de una reina kushita, la tuerta Amanirenas, que luchó contra los romanos en Egipto hacia el año 25 a.C. La etiqueta del museo obvia especificar que el busto es una copia. El original, sustraído por las fuerzas coloniales poco después de su hallazgo en 1910, está en el Museo Británico.

A las puertas del museo me reúno con Nazar Jahin, guía turístico y miembro de Artina («Nuestro Arte»), un colectivo de estudiantes organizado durante las protestas de 2019 para brindar apoyo a las maltrechas instituciones culturales sudanesas. «Al último Gobierno no le importaba nada la historia», me cuenta. Buena parte de ese desinterés era consecuencia de la rígida interpretación del islam del anterior gabinete. «Si hasta el ministro de Turismo dijo que las estatuas estaban prohibidas», recuerda Jahin, sacudiendo la cabeza.

Pero el futuro se dibuja prometedor, añade. La embajada de Italia y la Unesco comprometieron fondos en 2018 para reformar el museo (un proyecto actualmente pospuesto por la pandemia), y desde la revolución son más los sudaneses que visitan el museo y lugares como el yébel Barkal y la antigua capital de Meroe.

«Esto es importantísimo –afirma Jahin–. El primer paso es que los sudaneses conozcan su historia. Si la conocen, podrán protegerla».

Planteo entonces una cuestión delicada: ¿cómo responden los grupos étnicos que viven en zonas de Sudán que nunca formaron parte del Imperio kushita –tribus de los montes Nuba, por ejemplo, o de Darfur– cuando se les pide que se identifiquen con una historia antigua que ellos sienten ajena? El régimen de Bashir tiene la infausta fama de haber fomentado las diferencias étnicas y religiosas para impedir que un país tan diverso se uniese contra la élite política arabizante de Jartum. Jahin frunce el ceño y medita. «Buena pregunta. La verdad es que tenemos mucho trabajo por delante».

Como muchos jóvenes de su país, Jahin niega que «árabe» sea una identidad sudanesa. «Si alguien me dice "Mis raíces se hunden en Arabia Saudí" o algo del estilo, yo no me lo creo –afirma con rotundidad–. Creo que nuestras raíces son las mismas o muy parecidas […]. En general, somos sudaneses. Con eso basta».

La imagen de la kandaka revolucionaria vestida de blanco en medio de los manifestantes, apuntando al cielo en su invocación de reyes y reinas kushitas, ha sido inmortalizada en forma de arte callejero por todo Jartum y en el mundo entero. Pero cuando me veo con Alaa Salah a principios de 2020, en mi segundo viaje a Sudán, la encuentro irreconocible con su pañuelo morado y sus ropas oscuras, sentada en la concurrida terraza de una cafetería a orillas del Nilo Azul.

A sus 23 años, Salah se convirtió en uno de los rostros de la revolución sudanesa, lo que catapultó a esta estudiante de ingeniería a figura internacional invitada a hablar ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el papel de la mujer en el nuevo Sudán. Me cuenta que en el colegio apenas le enseñaron nada sobre la historia del antiguo Kush, de manera que tuvo que descubrirla por su cuenta. Unos años antes había ido a ver las pirámides de Meroe, y regresó obnubilada: «¡Tenemos muchísimas pirámides, más incluso que Egipto!».

Cuando los manifestantes que ocupaban las calles de Jartum se arrancaron a corear «Mi abuelo es Taharqa, mi abuela es una kandaka», explica Salah, pretendían blandir con orgullo la resistencia y bravura de los reyes ancestrales. De ese modo sentían que también ellos pertenecían a aquella milenaria civilización de líderes fuertes y valientes, en especial en el caso de las mujeres, quienes desempeñaron un papel crucial en las protestas.

Alrededor del 40 % de la población del país es menor de 15 años, y muchos jóvenes sudaneses están redescubriendo su historia al tiempo que los expertos tratan de iluminar el legado de Kush, oscurecido por la sombra del antiguo Egipto.

«Siempre que veas a una mujer joven luchando en la calle por Sudán, ten por seguro que es una valiente que no se arredra ante nada –explica–. Es fuerte, una guerrera, como las kandakas».

Sin embargo, en los casi tres años transcurridos desde la caída de Bashir, el papel de las mujeres ha ido quedando más y más relegado. Es lo que más preocupaba a Salah cuando conversamos, garantizar la seguridad de las kandakas actuales y su adecuada representación en cualquier eventual Gobierno de transición. Desde la entrevista, el golpe de Estado –que, con la amenaza de reimplantar un régimen represivo, adquiere tintes de contrarrevolución– ha comprometido aún más la situación de la mujer sudanesa.

En mi último viernes en Jartum cruzo el Nilo Blanco para visitar la ciudad de Omdurman, donde un cementerio rodeado de calles bulliciosas alberga la tumba de Hamed al-Nil, jeque sufí del siglo xix. En torno al 70 % de los sudaneses se identifican con el sufismo, una expresión mística del islam. Las órdenes sufíes (o tariqas) del país desempeñan por lo general una marcada influencia sobre la política interior, y los sufíes que se sumaron desde Omdurman a las protestas de 2019 ayudaron a derrocar al régimen.

Cada viernes, al caer el sol, cientos de seguidores de la tariqa Qadiriyya se reúnen en el cementerio para llevar a cabo el dhikr. Hombres con túnica verde y roja golpean sus tambores a ritmo lento y acompasado; la multitud los mira y se balancea. El tamboreo gana velocidad y empiezan entonces las danzas y los cantos. La ilaha illa Allah. «No hay más Dios que Alá», repite la multitud, envuelta en nubes de incienso y polvo. Cuando concluye el dhikr con un clímax de danzas y cánticos, la gente se dispersa, algunos obedeciendo a la llamada a la oración que llega desde la mezquita, otros recorriendo el cementerio entre las sepulturas.

Sudán acoge una de las mayores comunidades sufíes del mundo. Sus líderes ejercen una poderosa influencia, y algunas órdenes sufíes apoyaron el levantamiento popular que derrocó a Bashir.

Hay varias tumbas recientes, adornadas con los colores de la bandera sudanesa. En ellas reposan algunos de los manifestantes asesinados durante la revolución, estudiantes que proclamaron en las calles que también ellos eran reyes y kandakas. Al observar cómo unos estudiantes presentaban sus respetos ante una de ellas, me llamó la atención la fragilidad que proyectaba el nuevo Sudán, como si fuese una vasija milenaria de valor incalculable que se desenterrase con el mayor cuidado. Ahora el golpe de Estado ha envuelto en una mayor incertidumbre si cabe a una nación y una generación ávidas de democracia y estabilidad.

¿Puede la historia antigua de Sudán convertirse en fuerza unificadora de una tierra a menudo dividida por distinciones raciales y étnicas? Se respira el cambio, pero nadie sabe si será real y duradero.

Casi todos los magníficos palacios y templos de Kush desaparecieron hace mucho tiempo, saqueados y engullidos por la arena. Pero muchos monumentos a los muertos siguen ahí: las pirámides de los reyes y las kandakas que montan guardia en el desierto, las tumbas de los jeques y las lápidas de los manifestantes universitarios que llenan los cementerios urbanos. Son los que resisten mientras los regímenes caen y renacen, diciendo a quienquiera que desee escuchar: por esto hemos luchado. También nosotros estuvimos aquí.

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Kristin Romey es la editora de arqueología de National Geographic. La fotógrafa Nichole Sobecki firmó las imágenes del reportaje «Informe: Kenya», publicado en noviembre de 2020.

National Geographic Society, comprometida con la divulgación y protección de las maravillas de nuestro planeta, apoya la labor de la Exploradora y fotógrafa Nichole Sobecki en África.

Este artículo pertenece al número de Febrero de 2022 de la revista National Geographic.



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martes, 11 de enero de 2022

Pachinko. Cuatro destinos indispensables en tu viaje a Irlanda

Irlanda es un destino único que ofrece multitud de alicientes. Desde su increíble atractivo natural, con paisajes eternamente verdes y acantilados imposibles, hasta su atractivo de ocio, con sus pubs llenos de vida y su cerveza Guinness.

Por todo esto, cada vez son más las personas que escogen Irlanda como destino turístico. Pero dentro de la enorme diversidad que nos ofrece el país, te recomendamos cuatro destinos que no debes perderte en tu viaje a Irlanda.

Sitios que visitar en Irlanda

Dublín

Grafton Street en Dublin, Irlanda

Como capital, es el destino predilecto de cualquier viaje y el lugar favorito para pasar un fin de semana. Está dividida en dos distritos por el río Liffey, y tanto el norte como el sur conservan su propia atmósfera y características. Se unen por una serie de puentes, algunos con una atractiva arquitectura moderna y otros, construidos en el pasado, con un bello encanto medieval.

Grafton Street, en el lado sur, es la principal vía comercial y está llena de ajetreo, tiendas atractivas y músicos callejeros. En el barrio de Temple Bar apenas podrás caminar unos pasos sin sentir la tentación de entrar en alguno de los numerosos y acogedores pubs a disfrutar de una pinta de Guinness.

Los castillos y las catedrales medievales, como el Castillo de Dublín y la Catedral de San Patricio, atestiguan la dilatada historia de la ciudad. Otros lugares de interés histórico son la Iglesia de Cristo del siglo XI y la Biblioteca Chester Beatty. El Museo Kilmainham Gaol ofrece también una interesante perspectiva de las luchas del Alzamiento de Pascua de 1916.

Dublín es lo suficientemente pequeña como para explorarla a pie o en bicicleta, y lo suficientemente grande como para ofrecer multitud de atractivos.

Kilkenny

Kilkenny Castle en Irlanda
Foto de Brian Morrison – ©Fáilte Ireland/Tourism Ireland

A sólo 90 minutos en coche de Dublín, Kilkenny es una ciudad medieval bien conservada con gran cantidad de sitios antiguos, edificios religiosos y una rica escena artística. Sus pequeñas calles y callejones adoquinados y las pintorescas casas junto al río Nore cautivan a los turistas y nos hacen retroceder en el tiempo. Otro testigo de su historia medieval es la majestuosa Catedral de San Canice.

Pero la atracción más importante de la ciudad es probablemente el Castillo de Kilkenny, construido en 1195 por los normandos como un símbolo de su conquista en Irlanda. Está abierto al público durante todo el año y en su interior alberga un interesante museo.

El arte y la artesanía son muy importantes para Kilkenny, especialmente la cerámica que trabajan los alfareros locales y cuyos diseños se pueden adquirir en las tiendas locales.

Parque Nacional de Killarney

Killarney Lakes, Killarney National Park Irlanda
© Gareth McCormack

El Parque Nacional de Killarney ofrece una superficie de 103 km cuadrados de naturaleza, compuesta de exuberantes bosques de robles y tejos y lagos transparentes. Fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1981.

Es el hogar de la última manada de ciervo rojo que queda en Irlanda, una especie que habita estas tierras desde tiempos neolíticos. Hoy en día quedan aproximadamente 800 ejemplares y es una atracción importante dentro del parque.

Además, sus grandes lagos de agua dulce albergan el salmón del Atlántico y del Ártico, dos de los peces de agua dulce más apreciados. Los tres lagos principales son el Lough Leane, el más grande, el Muckross y el Upper.

Waterford

Reginald's Tower, Waterford Museum of Treasures Irlanda
©Waterford Museum of Treasures

Waterford, tiene una rica herencia vikinga, ya que fue el primer asentamiento vikingo fundado en el siglo X. Es conocida por su exquisita cerveza artesanal «Cristal de Waterford». La Torre de Reginald, de 16 metros de altura, se erigió a orillas del río Suir por los anglo-normandos, en el existente fuerte vikingo tras la conquista de la ciudad. Contrasta con la bella plaza William Vincent Wallace, un símbolo de la modernidad en Waterford. Como reminiscencia histórica, destacan también las murallas de la ciudad.

Podemos aprender todo sobre el pasado de Waterford en el Museo Medieval de la ciudad y el Museo de Tesoros de Waterford.

¿Te han gustado estos cuatro destinos indispensables en tu viaje a Irlanda? Esperamos tus opiniones o preguntas en los comentarios. También puedes echarle un vistazo a nuestra ruta de Juego de Tronos en Irlanda del Norte.

La entrada Cuatro destinos indispensables en tu viaje a Irlanda apareció primero en El Pachinko.

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viernes, 24 de diciembre de 2021

Viajes. Peter Ratcliffe, Premio Nobel de Medicina 2019: "Lo más honesto que podemos decirle a la gente es que la pandemia es impredecible"

Usted recibió el Nobel en una ceremonia celebrada en Estocolmo en diciembre de 2019 y poco después llegó el coronavirus. Digamos que no tuvo mucho tiempo para disfrutarlo, ¿no?

Bueno, en diciembre aún no éramos conscientes de nada de todo esto y he de decir que la familia real sueca y la Fundación Nobel organizaron un evento fantástico y lo disfrutamos mucho. Fue muy impresionante. Y luego llegó la pandemia del coronavirus, sí.

"Hemos visto que los fármacos que inhiben la hidroxilasa HIF que descubrimos tienen alguna propiedad antiviral in vitro. Es una pista prometedora porque ya hay tratamientos basados en esta vía para tratar anemia y a pacientes con problemas renales por lo que se consideran seguros"

¿Ha participado en alguna investigación relacionada con el coronavirus, teniendo en cuenta que es un experto en lo que ocurre en el cuerpo como respuesta a la falta de oxígeno?

Sí, hemos estado trabajando en ello. Sabemos que la hipoxia en sí misma reduce la entrada de virus y la replicación viral, lo que parece ser una respuesta a la ruta que descubrimos: la hidroxilasa del sistema HIF [por el que recibió el Nobel junto Kaelin y Semenza]. Y hemos visto que los fármacos que inhiben esta hidroxilasa HIF tienen alguna propiedad antiviral, al menos in vitro en el laboratorio, en clínica con humanos aún no se sabe. Pero es una pista prometedora porque hay fármacos, basados en esta vía, que ya se han empleado en otros usos, como el tratamiento anemias provocadas por niveles bajos de glóbulos rojos y en pacientes con problemas renales. Por lo cual se consideran seguros.

El sistema funciona a través de una enzima, un catalizador biológico, que utiliza oxígeno, y con este uso mide los niveles de oxígeno. Fármacos basados en esta ruta pueden inhibir esa enzima, de tal manera que la célula cree que está en hipoxia, cuando en realidad no lo está, pero lanza la respuesta adecuada ante esos niveles bajos de oxígeno. Estos medicamentos parecen tener una modesta pero significativa actividad antiviral. Aunque todavía desconocemos si puede ser protectora o no [contra el coronavirus].

Durante estos meses hemos visto grandes avances, por ejemplo, en el ámbito de las vacunas que se han desarrollado en un tiempo récord...

Esto ha sido posible porque la ciencia detrás de las vacunas de los diferentes tipos contra el coronavirus, los métodos de detección o los avances para poder llegar a descifrar el virus llevaban mucho tiempo desarrollándose, no es que se hayan producido de repente para esta pandemia. Por ejemplo, las vacunas ARNm o las de adenovirus, los test de antígenos y las pruebas PCR. Todo ello, es producto de la ciencia que se había realizado previamente para distintos propósitos.

"La ciencia detrás de las vacunas de los diferentes tipos contra el coronavirus, los métodos de detección o los avances para poder llegar a descifrar el virus llevaban mucho tiempo desarrollándose, no es que se hayan producido de repente para esta pandemia"

Así, la vacuna de la Universidad de Oxford fue inicialmente desarrollada para la tuberculosis y no funcionó para este objetivo, pero el vector estaba allí y cuando llegó el coronavirus se logró una vacuna eficaz. El conocimiento que se adquiere con una intención muchas veces es útil para otra.

Toda una serie de avances estaban ya ahí cuando llegó la pandemia y han supuesto una gran ventaja para luchar contra ella. Ha sido una enorme catástrofe en cuanto a número de muertes, pero podría haber sido mucho peor sin estos conocimientos previos.

Sir Peter J. Ratcliffe

Desinformación, noticias falsas, mensajes contradictorios y tendenciosos, errores políticos… ¿Qué opina de todo esto que rodea a la pandemia?

Lo que opino es que la gente está mucho más capacitada para aceptar la verdad de lo que los políticos y su portavoces creen. La verdad de esta pandemia es que antes no sabíamos lo que iba a pasar y la verdad ahora es que aún seguimos sin saberlo. Estoy convencido de que los ciudadanos podrían aceptar mejor que les dijéramos esto, en lugar de tener que escuchar mensajes contradictorios cada dos o tres meses de que se ha acabado o no, que debemos hacer esto o aquello. La gente es capaz de entender que esto es imprevisible, así que lo más honesto que los científicos podemos decir es que la pandemia no es predecible.

"Cuando se publicaron los resultados de las vacunas no se sabía nada sobre la protección durante varios años y hubiera sido razonable decirlo. Me preocupa que la gente se haya cansado y que piense que solo se le ha dicho la mitad de la verdad"

¿Y qué opina de que haya gente que se niega a vacunarse?

Es muy sorprendente que haya ese escepticismo, nos preguntamos por qué y también nos preocupa que haya personas con esa opinión. Para la mayoría de la gente de mi edad, el riesgo de la enfermedad supera el riesgo de la vacunación en una proporción de miles a uno.

Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos es si la gente está preparada para tolerar toda la verdad y nada más que la verdad por parte de la profesión científica. Por ejemplo, cuando se publicaron los resultados [de los candidatos a vacunas] hubiese sido razonable decir: bueno, sabemos que la vacuna es extremadamente protectora contra la enfermedad grave, al menos durante la duración del ensayo, es decir, siete meses, que no son varios años. Esta sería la verdad pura y simple: que en ese momento no se sabía nada sobre la protección durante varios años. Se habló muy poco sobre esto y me preocupa que la gente se haya cansado y que piense que solo se le ha dicho la mitad de la verdad.

¿Qué está investigando actualmente?

Seguimos con la homeostasis del oxígeno. La homeostasis es uno de los aspectos más remarcables de la vida. Y por homeostasis me refiero a que todo este perfectamente controlado para funcionar bien. Así, el oxígeno está en la cantidad necesaria en el cuerpo en cada lugar, en cada momento, y gestionado en segundos, minutos, horas, días. Creo que muchas de las grandes incógnitas de la medicina y la biología tienen que ver con cómo se consigue esa precisión. Así que argumentamos que debe haber muchos otros sistemas, como el que descubrimos [la hidroxilasa de HIF] que contribuyen a esta precisión.

Por ejemplo, usted tiene dos riñones que son de un tamaño determinado y han crecido para realizar su función ¿Cuáles son los estímulos que controlan el crecimiento de esos órganos? Lo mismo con el hígado, que es el órgano de mayor tamaño y tiene una determinada capacidad metabólica. Nuestro caso de estudio es el glóbulo rojo. ¿Qué es lo que controla el número de glóbulos rojos que tenemos y que se encargan de llevar el oxígeno? Pero el mismo principio de la regulación para un tamaño ideal es cierto para todas las partes de nuestro cuerpo. Creo que es un concepto que, en gran medida, aún no se entiende y su comprensión va a tener importantes implicaciones en la biología y la medicina, por lo que seguimos investigando en este ámbito.

"Creo que la homeostasis es un concepto que, en gran medida, aún no se entiende y su comprensión va a tener importantes implicaciones en la biología y la medicina, por lo que seguimos investigando en este ámbito"

Usted también trabaja en las implicaciones de la hipoxia en cáncer. ¿Qué papel tiene el oxígeno en esta enfermedad?

El cáncer, al menos los cánceres sólidos, se desarrollan a través de células masivas y estas células necesitan oxígeno para crecer. Así que el sistema se activa con el fin de llevar el suministro de oxígeno a las células cancerosas. La estrategia sería poder desactivar el suministro de oxígeno y retrasar el crecimiento tumoral. Esto parece ser cierto al menos en una forma de cáncer de riñón, que se basa en un tipo de HIF —el HIF 2α— para su crecimiento, por lo que la idea es apagar este sistema HIF y frenar el desarrollo tumoral. Los fármacos que tienen este efecto se pueden utilizar para tratar cáncer de riñón. Hay laboratorios en Estados Unidos trabajando en esta vía.

Y en todos estos aspectos su laboratorio trabaja en la fase de investigación fundamental, ¿no?

Sí, nosotros trabajamos en el sistema básico, nos encargamos de definir el objetivo o diana y la industria desarrolla el medicamento con esta información. Ya hay fármacos para anemia y cáncer de riñón basados en nuestras investigaciones.

*SINC, el Servicio de Información y Noticias Científicas, es la agencia de noticias científicas de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).



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jueves, 23 de diciembre de 2021

Pachinko. 10 planes que hacer en la Sierra de las Nieves de Málaga

Si piensas en Málaga lo primero que te viene a la cabeza es la Costa del Sol o que es un destino de sol y playa. Sin embargo, cuando te pones a visualizar la provincia en un mapa pronto te darás cuenta que está llena de relieves, bosques y montañas que la convierten en un paraíso para senderistas y amantes de la naturaleza.

Uno de los lugares que nos ha hecho cambiar de idea sobre esta provincia ha sido la Sierra de las Nieves de Málaga, un espacio natural protegido que acaba de ser declarado como el decimosexto Parque Nacional de España y el tercero de Andalucía.

Sus principales alicientes son los bosques de pinsapos más extensos y mejor conservados del sur de Europa, una red de senderos de primer nivel, una fauna espectacular y pueblos blancos bellísimos y sin masificaciones.

Para que descubras este precioso lugar de Málaga que nos cautivó, vamos a recomendarte 10 planes que hacer en la Sierra de las Nieves.

Qué ver en la Sierra de las Nieves de Málaga

Cosas que hacer en la Sierra de las Nieves de Malaga

La Sierra de las Nieves abarca una extensa zona de bosques, valles y cumbres de una belleza extraordinaria. Atrévete a salirte de las rutas habituales para deleitarte con sus increíbles paisajes montañosos (que se disfrutan incluso en sus serpenteantes carreteras).

A los atractivos naturales de este Parque Nacional debemos sumar sus pueblecitos encantadores: Alozaina, Guaro, El Burgo, Casarabonela, Ojén, Tolox, Yunquera, Istán y Monda son los que forman la Mancomunidad de Municipios de la Sierra de las Nieves.

Reconozco que antes de visitar la zona había oído hablar bien poco de estos pueblos y su espectacular entorno, aunque os aseguro que el factor sorpresa mereció muchísimo la pena. Te animamos a que abandones por unos días los clásicos de la provincia de Málaga para descubrir su parte más salvaje con los siguientes planes.

Rutas de senderismo para disfrutar de los pinsapares

Ruta circular de Puerto Saucillo a Puerto Bellina

Sí, lo sabemos. Hemos repetido varias veces lo de los pinsapares pero todavía no te hemos explicado qué es. El pinsapo es un árbol pertenece a la familia de los abetos y es una auténtica rareza botánica.

Estos bosques eran muy comunes en la Península Ibérica hace 20 millones de años cuando el clima era mucho más frío y húmedo que en la actualidad.

Actualmente se estima que el 60% de la superficie forestal mundial de pinsapos se encuentra en la Sierra de las Nieves, así que te recomendamos que hagas alguna ruta de senderismo para disfrutar de los mismos.

Nosotros te animamos a que hagas la ruta circular que va de Puerto Saucillo a Puerto Bellina, cerca del municipio de Yunquera, una caminata muy sencilla pero que destaca por su enorme belleza y diversidad paisajística. Tienes todos los detalles de esta ruta en este artículo que hemos publicado en la web de Turismo de Andalucía.

Contemplar el Pinsapo de las Escaleretas, monumento natural

El Pinsapo de las Esclaeretas en la Sierra de las Nieves

Dentro del entorno de la Sierra de las Nieves existe un ejemplar que sobresale del resto. Se llama el Pinsapo de las Escaleretas y ha sido declarado Monumento Natural por la Junta de Andalucía.

Se trata de una especie única por sus dimensiones, ya que alcanza los 30 metros de altura y un tronco de más de 5 metros de circunferencia. Tampoco se conoce su edad, pero se estima que tiene entre los 350 y 550 años.

Este imponente árbol está situado en la estribaciones del pinsapar del Cerro Alcojona, junto al camino de Las Lajas, cerca del término municipal de Parauta a unos 20 minutos en coche de Ronda.

Conquistar el Pico Torrecilla

Pico Torrecilla en la Sierra de las Nieves

El Pico Torrecilla, con sus 1.919 metros de altura, es el punto más alto de la Sierra de las Nieves y el segundo techo de la provincia de Málaga, sólo superado por el pico de La Maroma en la sierra de Tejeda.

Existen varias rutas para conquistar el Torrecilla, pero la más habitual es la que surge desde el Área Recreativa de los Quejigales. Si te apetece hacer esta subida, debes estar en buena forma, ya que entre subida y bajada son más de 15 kilómetros de caminata con bastante desnivel.

El tiempo estimado de la excursión es de unas 7 horas, aunque lo más recomendable es empezar la ruta muy temprano (incluso de noche) para poder ver el amanecer desde uno de los puntos más altos de Málaga.

Visitar alguno de los antiguos pozos de nieve

Antiguos pozos de nieve de la Sierra de las Nieves

El nombre de Sierra de las Nieves tienen un origen que hace referencia a un antiguo negocio que se practicaba en la zona y no al fenómeno meteorológico.

A lo largo de toda la sierra, incluso entre los pinsapares, hay repartidos muchos pozos de nieve tradicionales. Los vecinos que trabajaban en la montaña aprovechaban las depresiones del terreno de varios metros de profundidad y las reforzaban con paredes de piedra.

Dichas construcciones se empleaban para conservar la nieve que con las bajas temperaturas acababa transformándose en hielo que luego vendían a las localidades colindantes para conservar los alimentos y que dieron nombre a la Sierra de las Nieves.

Observar la fauna autóctona de la Sierra de las Nieves

Observar animales en la Sierra de las Nieves

La cabra montés es una de las señas de identidad de la Sierra de las Nieves. Se cree que hay unas 1.000 cabezas en esa zona de Málaga, aunque como la mayoría de especies de gran tamaño son muy difíciles de ver durante una ruta de senderismo.

Otras especies que pueblan esta zona son los zorros, corzos, jabalís, muflónes, gamos ginetas o meloncillos (mangosta común). Aunque es muy complicado verlas, es fácil encontrar sus rastros y excrementos en los senderos.

Lo que es más sencillo de divisar son las aves que habitan los bosques de la Sierra de las Nieves. Incluso desde la carretera podrás divisar algunas especies de rapaces, como águilas, halcones, buitres leonados o azores. ¡Toda una experiencia!

Alojamiento, rutas y talleres en el Cortijo La Nava de los Pinsapos

Actividades en la Sierra de las Nieves

Muchas de las rutas y experiencias que vivimos en la zona las hicimos con la empresa Actividades en la Sierra de las Nieves. En su equipo cuentan con algunos de los mayores expertos en pinsapos del mundo y su conocimiento de los bosques y pasión son de los que marcan la diferencia.

Ofrecen desde rutas en 4×4, caminatas de senderismo, rutas en bici, talleres de naturaleza en La Morada del Pinsapo, observación de aves y todo tipo de actividades relacionadas con el entorno de la Sierra de las Nievas.

Además, cuentan con un precioso alojamiento rural en el Cortijo La Nava de los Pinsapos muy cerquita de Parauta. Si vais a visitar la zona os recomendamos encarecidamente que visitéis la zona con Clara, Juanfran o alguien del equipo de Actividades en la Sierra de las Nieves. Así da gusto.

Aguas termales y el Charco de la Virgen en Tolox

Charco de la Virgen en Tolox

El municipio de Tolox es uno de los que más nos gustaron de nuestro paso por la Sierra de las Nieves. Se trata del típico pueblo blanco con cuestecitas y preciosas plazas, pero que se deferencia de sus vecinos por una colección de street art más que notable y unas casas y calles excelentemente cuidadas y decoradas.

Esta localidad es muy conocida en la comarca de la Sierra de las Nieves por sus ricas aguas termales, ya que en el pueblo puedes relajarte en el Balneario de Fuente Amargosa.

Además de disfrutar de esta experiencia tonificante, te recomendamos que hagas la excursión que va desde el párking del balneario hasta el Charco de la Virgen.

Se trata de una ruta de gran belleza y de poco menos de dos horas donde al final del recorrido te espera una poza con un bellísimo salto de agua. Los más valientes suelen chapotear en él cuando la temperatura lo permite.

Los pueblos blancos de la Sierra de las Nieves

El Burgo

Alozaina, Guaro, El Burgo, Casarabonela, Ojén, Tolox, Yunquera, Istán y Monda son los bellos pueblos que componen la Mancomunidad de Municipios de la Sierra de las Nieves. La mayoría están encalados de blanco y tienen un entorno mágico.

Aunque el principal aliciente de la Sierra de las Nieves sea su naturaleza, parar en sus pueblecitos es una experiencia en sí misma. Se respira mucha tranquilidad y la gente suele ser muy acogedora. Estás fuera de las rutas habituales, así que déjate aconsejar por los oriundos y te llevarás gratas sorpresas.

Además del mencionado Tolox, uno de los pueblos que más nos gustó fue Alozaina. Nada más entrar en el pueblo verás un precioso arco que fue levantado para conmemorar el pasado árabe de la localidad.

Desde aquí olvida el coche y camina hasta llegar al Torreón de María Sagredo y al Parque Mirador. Las vistas desde este punto son alucinantes, ya que en un día despejado se llega a contemplar Málaga capital.

Otro de los imprescindibles es Istán. El 95% del municipio está dentro de la zona protegida del Parque Nacional. Dispone de muchas fuentes, miradores y rincones muy bellos como el valle del río Verde, el Charco del Canalón, la Sierra Blanca y la Sierra Real.

Si quieres descubrir más municipios de la zona, no te pierdas nuestra ruta por los pueblos más bonitos de la Sierra de las Nieves.

Pasión por la fauna autóctona en la Eco Reserva de Ojén

Eco Reserva de Ojen

Aunque la Sierra de las Nieves es una zona de alta protección por su reciente denominación como Parque Nacional (a las que se suma la de Parque Natural y Reserva de la Biosfera) continúa sufriendo las consecuencias de la acción del hombre.

La fauna autóctona muchas veces se ve obligada a salir de su hábitat natural y luego tiene una difícil adaptación a su nueva situación. Muchos de esos animales «perdidos» o que están en peligro acaban en la Eco Reserva de Ojén.

Este parque de fauna enclavado en el municipio de Ojén no es un zoo ni un safari al uso, sino un refugio natural de fauna con fines conservacionistas y de educación ambiental muy enfocado a familias.

Los animales campan a sus anchas mientras los responsables del parque te van acompañando en una caminata de unas dos horas en la que vas descubriendo algunas de las especies que habitan en la Sierra de las Nieves como son los jabalíes, muflones, cabras montés o ciervos.

Saborear la gastronomía de la Sierra de las Nieves

Croquetas de rabo de toro en Tolox

¿Te pensabas que nos íbamos a ir de Andalucía sin probar su deliciosa gastronomía? La Sierra de las Nieves no es una excepción a la norma que dice que en esta zona de España vas a comer mucho, bien y a buen precio.

Con una huerta tan rica y unos montes tan próximos que aportan riquísimas materias primas, la cocina de la Sierra de las Nieves suele ser muy contundente.

Los menús suelen empezar con pucheros, potajes, cazuelas, sopas o en verano las porras y gazpachos.

Luego seguiríamos con carne asada o guisada, que puede ser de cerdo, chivo, cordero o de caza y que suele estar condimentada con hierbas aromáticas de la Sierra de las Nieves.

El postre tampoco es ligero pero si muy variado. Tortas, roscos, bizcochos, pasteles, buñuelos, empanadillas, pestiños, galletas o mantecados caseros no pueden faltar. Muchos de ellos elaborados con almendras, castañas, nueces y miel de la zona.

Es fácil encontrar bares en los pueblos o ventas de carretera donde preparen la carne a la brasa y que suelen contar con una extensa carta de raciones o menús del día a muy buen precio.

¿Te han gustado nuestros 10 planes que hacer en la Sierra de las Nieves de Málaga? ¿Nos recomiendas alguno más o tienes alguna duda sobre la zona? Responderemos encantados a tus inquietudes en los comentarios.

Tienes más información en la web oficial de Turismo de Andalucía o puedes consultar nuestro artículo sobre viajes por España con niños, donde Andalucía también es protagonista destacada.

La entrada 10 planes que hacer en la Sierra de las Nieves de Málaga apareció primero en El Pachinko.

via Pau García Solbes https://ift.tt/3sv7EHp

Viajes. Logros de la preservación natural y cultural de 2021

RAYOS DE LUZ EN UN AÑO OSCURO

Cuando aquel grupo de 16 elefantes asiáticos empezó a desplazarse hacia al norte, nadie sabía a dónde se dirigía ni por qué. Al principio no se le dio demasiada importancia. A veces los elefantes salen de la Reserva Natural Nacional de Xishuangbanna, en la provincia sudoccidental china de Yunnan, pero siempre regresan.

Esta vez no.

Durante 16 meses se dedicaron a saquear cultivos, darse baños de barro y recorrer un total de 500 kilómetros en dirección norte hasta llegar a la capital de la provincia, Kunming, una enorme ciudad de ocho millones de habitantes. Por el camino saltaron a la fama mundial y pusieron en aprietos a las autoridades chinas. Los daños materiales que causaron rondaban el medio millón de euros, y no podía descartarse que en cualquier momento algún elefante embistiese a un humano curioso.

La respuesta expeditiva hubiera sido sedar a los enormes probóscidos y retornarlos a la reserva.

Pero ese plan entrañaba cierto riesgo para aquella manada, en especial para las tres crías. De manera que las autoridades decidieron movilizar a un grupo de emergencia para garantizar la seguridad de todos los implicados, tanto elefantes como humanos. Utilizaron drones para seguir todos los movimientos de la manada y toneladas de maíz, piñas y plátanos a modo de cebo para alejarla de las ciudades. Se valieron de vallas eléctricas, barreras viarias y nuevas sendas para encarrilarla por rutas más seguras. Al final toda esa batería de medidas movilizó a decenas de miles de personas y costó cientos de miles de euros.

En un año desgarrado por el cambio climático, los conflictos y la COVID-19, habrá quien opine que llegar a semejantes extremos para salvar a una familia de elefantes fue tirar el dinero. Otro tanto podría decirse de buscar una especie de rana desconocida en unas montañas que nunca se habían escalado, o de construir nuevos museos, o de rellenar con mortero las grietas crecientes de los megalitos prehistóricos de Stonehenge.

Pero conservar nuestro patrimonio natural y cultural –como también cualquier iniciativa que busque curar las enfermedades y acabar con las guerras– es una forma de fomentar el bien en el mundo. La fauniflora y los restos arqueológicos son tan importantes para nuestro bienestar como la salud y la paz. Son el telón de fondo ante el que se desarrollan nuestras vidas y nos ayudan a comprender nuestras propias historias. Proporcionan contexto a nuestra existencia. Son nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

Y, de todos modos, no son alternativas mutuamente excluyentes. Como ha quedado demostrado en 2021, podemos proteger a los elefantes y desarrollar vacunas al mismo tiempo. Podemos estabilizar Stonehenge y enviar ayuda a las zonas catastróficas.

Las iniciativas de conservación han sido un rayo de luz en un año por lo demás sombrío. No significa esto que la crisis de la biodiversidad esté superada. Todavía se extinguen especies de animales y plantas a un ritmo alarmante; muchos ecosistemas siguen desmoronándose. Por no hablar del daño que sufren muchos yacimientos milenarios a causa de una larga lista de factores, desde el cambio climático hasta los bombardeos.

​No son alternativas excluyentes. Podemos proteger a los elefantes y desarrollar vacunas, estabilizar stonehenge y enviar ayuda a las zonas catastróficas.

Pero también hemos dado grandes pasos en la protección del patrimonio mundial. Hemos sacado el atún rojo de la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN. Nos hemos pensado mejor los planes de perforar un refugio ártico en busca de petróleo. Hemos visto cómo se devuelven a Iraq millares de piezas saqueadas y cómo el pueblo arrente del centro de Australia recupera sus objetos sagrados. Y hemos logrado convencer a una familia de elefantes de que pongan fin a su largo y peligroso viaje y regresen a su hogar.

Ver gráficos "Rescate marino"

«Ahora que 2021 llega a su fin, temo por el estado de la naturaleza, pero también siento esperanza», dice la Exploradora de National Geographic Gladys Kalema-Zikusoka, fundadora y directora general de Conservation Through Public Health. Su colectivo es una organización ugandesa sin ánimo de lucro que fomenta la conservación de los gorilas, la salud de las comunidades y los medios de vida sostenibles para las personas que viven en las inmediaciones de los parques y reservas nacionales.

«Tengo miedo, porque la naturaleza está cada vez más amenazada –dice–, pero también tengo esperanza, porque los patrones meteorológicos extremos que estamos experimentando y la conmoción de la pandemia de la COVID-19 [están] concienciando al mundo sobre estos riesgos y la necesidad de actuar al respecto».

En noviembre los elefantes habían vuelto a casa sanos y salvos, comunicaba la Administración Nacional de Bosques y Pastos de China. Aún no está claro qué los llevó a marcharse, pero una hipótesis apunta que el aumento de la población de elefantes de la provincia de Yunnan los obliga a expandir su territorio.

Podría verse como una buena noticia para esta especie amenazada. Pero la historia del viaje de esta familia de elefantes también pone de manifiesto otra cosa: que el mundo creado por los humanos y el mundo creado por la naturaleza están inextricablemente unidos, para bien o para mal.

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Este artículo pertenece al número de Enero de 2022 de la revista National Geographic.



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